Venezuela no se arregló, se segregó

Por primera vez, en siete años, Venezuela es un país menos pobre, pero más desigual, así lo reveló la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) en su edición de 2022

Por Yennifer Calvo/Caleidoscopio Humano

(24-01-2022) Venezuela no se arregló, se segregó. A pesar de que, de acuerdo con la Encovi 2022, se redujo la pobreza multidimensional—que abarca educación, vivienda, servicios, ingreso y empleo—, el país se mantiene como el más desigual del mundo desde la perspectiva de ingresos.

Esta reducción obedece a las mejoras en los ingresos y en el empleo, además sitúa al país en un nivel similar al que tenía en 2018. Un 56,2 % de la población económicamente activa (entre 15 y 65 años) está trabajando y los ingresos también han aumentado; de acuerdo con declaraciones ofrecidas por el sociólogo e investigador de la Encovi, Luis Pedro España, publicadas en Efecto Cocuyo. 

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Sin embargo, citando la declaración de España, aunque la pobreza por ingresos también se redujo, la desigualdad alcanzó niveles similares a los reportados en Namibia, Mozambique y Angola. En promedio, el venezolano que menos gana recibe 7,9 dólares y el que más gana recibe 70 veces más que el más pobre: 553,2 dólares.

Si bien las clases sociales siempre han existido y todas las sociedades del mundo están “segregadas”, en la Venezuela en la que muchos crecieron estas diferencias, aunque visiblemente existentes, no eran tan marcadas como en otros países de la región.  

El estudio y la profesionalización eran un salvavidas para disminuir estas brechas. De allí, que personas que nacieron y crecieron en un sector popular pudiesen mejorar sus condiciones de vida o adquirir una vivienda sin ser “emprendedores” o tener varios empleos, solo con el ingreso de un único empleo formal.  

Además, acceder a servicios como la luz, el agua o la recolección de basura, eran parte de la cotidianidad, con sus altos y bajos según la zona, pero dentro de lo ordinario. 

Antes de que las personas tuviesen que pasar hasta 12 horas sin servicio eléctrico al día o 50 días sin agua por tubería, como se documenta en los informes El servicio eléctrico en Venezuela no se arregló y Sin agua no hay vida, de Caleidoscopio Humano, estos servicios no eran un lujo o parte de los privilegios. 

Tener dinero para comprar tanques de agua o plantas eléctricas hacen que lo cotidiano sea visto como extraordinario, y bien por quienes pueden, pero, normalizarlo no está bien. 

Atacarse en redes para validar el “bienestar”

La Emergencia Humanitaria Compleja – derivada de la crisis económica de 2017 y los años siguientes -, la crisis migratoria y los cientos de protestas con víctimas mortales; parecen haber despertado una solidaridad y empatía entre hermanos venezolanos que, sin duda alguna, resultaba gratificante para una población a la que ya la política le había arrebatado la sonrisa y las ganas de creer en algo o en alguien. Solidaridad que algunos mantienen y es digna de admirar. 

Sin embargo, hoy, con la tan publicitada “recuperación económica” parece ser que no se aprendió nada de aquel 2018, año en que el índice de pobreza extrema era de 76,5% o de 2019-2020 cuando era de 67,7%, según Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi) elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) correspondientes a esos años.

Ante el aparente clima de “mejoría”, la dolarización de los salarios en el sector privado, la admirable reinvención del venezolano, el lujo de restaurantes, bodegones y otros establecimientos en algunas zonas del país; parece que quienes recuerdan, en redes sociales, que aún hay un gran sector de la población que devenga salarios en bolívares o se acuesta con hambre y sin luz, es atacado como un traidor que no se alegra del bienestar del país, “tiene mentalidad de pobreza” o “está frustrado porque emigró”. 

¿Están mejor económicamente los 4.627.248 pensionados activos que hay en el país, según el Instituto Venezolano de los Servicios Sociales (IVSS)?

¿Se olvida que hay miles de personas esperando por un tratamiento médico o muriendo en los hospitales? ¿Qué hay personas que siguen esperando por trasplantes que le salven la vida? ¿Qué en 2022 murieron al menos 10 niños esperando un trasplante y alrededor de 1.200 personas dejaron de recibir uno, según cifras de la organización Prepara Familia? 

No hay solidaridad con los maestros, cuyo salario solo alcanza para comprar alrededor de cuatro productos de la canasta básica. 

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No se quiere recordar que en 2022 murieron 218 personas en hospitales, debido a fallas en los equipos médicos y ascensores de los centros sanitarios, causadas por cortes eléctricos, según el boletín mensual de la Encuesta Nacional de Hospitales (ENH) difundido por la ONG Médicos por la Salud. 

Muchos se olvidaron de los días oscuros, de las colas para la comida, de ver a las personas comer de la basura. Lo que antes dividía la política, ahora lo divide el dinero. 

Y no se trata de ser incendiario o atacarnos los unos con los otros, eso no es lo que pretenden estas líneas, por el contrario, es un llamado a la reflexión, a la unión y la empatía.

De rojos vs. azules a “premium” vs. comunes 

Una vez más, se actúa como los partidos políticos: mostrar “lo bueno” y esconder lo no resuelto, lo que no es tan bonito. Que un pequeño porcentaje de la población tenga recursos para una planta eléctrica, una bomba de agua, tener carro propio o surtir gasolina dolarizada sin problemas; no quiere decir que se arreglaron las fallas de los servicios básicos, el transporte público o se acabaron las colas para abastecer gasolina.  

Pero aún más grave que esconder los problemas bajo la alfombra, porque no nos afecta a nosotros, es ver cómo se ataca a quien no tiene las mismas posibilidades con frases como: “nadie gana salario mínimo”, “es que está quedado, no se reinventa”, “para qué sigue en ese trabajo si como mesero se gana más”, “es que tiene que emprender”, “las personas mayores siempre tienen algún hijo en el exterior que les envía dinero, tampoco están tan mal”, “si, ya se sabe que los maestros siempre han ganado mal, para qué se hacen maestros”, “están envidiosos porque quieren que los nos quedamos estemos sufriendo para justificar por qué se fueron”. 

De pronto hemos pasado de dividir el mapa en rojos y azules a dividirlo en “venezolanos premium” y “venezolanos comunes”. 

Los premium: la clase alta que nunca dejó de ser alta, a pesar de la crisis; la nueva élite, más fatua, ostentosa, clasista y recalcitrante que los mantuanos de siempre, y por último aquellos que ya sea con emprendimientos, múltiples empleos o buenos puestos de trabajo en la empresa privada han logrado sobrellevar la crisis, y tienen un poder adquisitivo que les permite respirar, desde los privilegios, el “progreso” y lujo del país. 

Los venezolanos comunes: maestros, enfermeros, empleados públicos, en síntesis, todos aquellos cuyos salarios les permitan escasamente sobrevivir y que, muchos, a pesar de reinventarse, no logran cubrir la canasta básica, esos a los que se les va la luz o el agua, que usan el transporte público, que dependen del internet de Cantv, en fin los “pelabolas”. 

Una vez más, deslumbrados con el espejito 

Tal parece que ahora no se mide el progreso de un país por la calidad de sus servicios, su producción, la calidad de la educación, la calidad de la seguridad social, la cantidad de profesionales que gradúa, sino por la cantidad de restaurantes, discotecas, bodegones, concesionarios o gimnasios con luces led que se inauguran o por los conciertos y decoraciones en calles y plazas. 

Se olvida que el salario mínimo es el más bajo de la región y de los más bajos del mundo o que un 58 % de las personas mayores venezolanas no tiene acceso al control médico con la regularidad que debería, y que alrededor del 46 % debe priorizar entre comer o comprar los medicamentos que necesitan; de acuerdo con cifras de la organización Convite. 

Un porcentaje de la población parece ser el mismo al que le quitan el país mientras los distraen con espejitos en forma de bonos. Un pueblo sin memoria y, por ello, condenado a repetir los mismos errores. 

Muchos de los que en su momento apostaron a un Chávez que se mostraba Robin Hood, y que veían en él la reivindicación de las luchas sociales, la derrota del clasismo y la discriminación de ricos a pobres; hoy son los “premium”.

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Esos que imitan a la clase que antes le daba urticaria y aman el capitalismo que tanto despreciaron. Esos que si pudiesen construyeran un muro, al mejor estilo Donal Trump, para proteger su burbuja y sus ojos, ante un gran porcentaje de la población que no sabe que es el brunch o las mimosas, que aún se acuesta con hambre, que estudia y trabaja sin luz o carga agua de una cisterna. 

Aunque la incipiente mejora de la economía venezolana es digna de entusiasmo, porque devuelve un poco de la felicidad y la esperanza que la crisis había robado, no es razón para olvidarse de aquellos para quienes nada cambió. 

Mientras las cosas comunes como: tener luz, servicio de agua constante, internet, recolección de desechos o educación de calidad, sean un lujo o un privilegio solo para quienes ganen salarios por encima de la media, reciban ayuda de remesas o tengan un negocio propio, el país seguirá estando mal.

Los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (Desca) deben ser para todos y es el Estado quien debe garantizarlos. 

Nada puede estar bien cuando lo ordinario se vitorea como extraordinario.