¿Quién le abre la puerta al futuro?

Las mujeres latinoamericanas y la paradoja del trabajo digital.

FUENTE ORIGINAL: CARMEN BEATRIZ FERNÁNDEZ / EL CESPED VERDE. –


Sor Juana Inés de la Cruz se preguntaba, hace más de tres siglos, cuál de los dos tenía mayor culpa: “la que peca por la paga, o el que paga por pecar”. La pregunta era entonces sobre la doble moral. Pero hay preguntas que sobreviven a su tiempo. Hoy podríamos reformularla: ¿Cuál mayor culpa ha tenido: la que teme al futuro, aunque se haya preparado para él, o el que no sabe darle un lugar?

La pregunta no es solo retórica. Durante años hemos repetido que la transformación digital podía convertirse en una gran igualadora. Que internet permitiría trabajar desde casa, vender desde cualquier lugar, estudiar a distancia, emprender sin grandes capitales y conectar el talento con oportunidades que antes estaban reservadas a quienes vivían cerca de los centros económicos.

La pandemia pareció confirmar esa promesa. De pronto, todo el trabajo cabía en una pantalla. Las reuniones se mudaron a Zoom y Meet, las compras al comercio electrónico y buena parte de la vida profesional al teléfono celular. 

Y, sin embargo, hay una pieza que no encaja: Las mujeres latinoamericanas parecen haberse adaptado mejor al mundo digital que los hombres, pero tienen más miedo de perder su trabajo. Ese es el principal hallazgo de una investigación que acabamos de publicar Jenifer Campos y yo, a partir de tres oleadas del Latinobarómetro (2018, 2020 y 2023) en 17 países latinoamericanos. (link a https://www.mdpi.com/4026820)

La pregunta que nos hicimos era sencilla: ¿la pandemia había cambiado de manera diferente la percepción que hombres y mujeres tienen sobre su futuro laboral? Y, sobre todo, ¿podía la brecha digital explicar la brecha laboral entre ambos? La respuesta a esta segunda pregunta resultó ser contraintuitiva: NO.

Construimos un indicador que llamamos Digital Dexterity Index (DDI), combinando el nivel educativo alcanzado con la intensidad de uso de redes sociales, como una aproximación a las competencias digitales. El resultado es llamativo: Entre 2020 y 2023 el índice pasó de 0,43 a 0,46; es decir, la adaptación digital aumentó. Y, en promedio, las mujeres obtuvieron una puntuación ligeramente superior a la de los hombres, como una diferencia pequeña, pero consistente.

Y encontramos una paradoja: no hay una desventaja digital femenina. Encontramos, más bien, una pequeña ventaja. Pero esa ventaja no parece convertirse en tranquilidad. Cuando preguntamos por la posibilidad de perder el empleo durante los próximos doce meses, las mujeres expresaron sistemáticamente más preocupación que los hombres. El patrón aparece a lo largo de los países estudiados y en los distintos momentos de medición. Además se autoperciben más pobres que los hombres.

La percepción de pobreza aumentó fuertemente durante la pandemia y luego descendió. Para 2023, en términos generales, había mejorado incluso respecto de 2018. Pero la distancia entre hombres y mujeres persistía y se había ampliado en países como Colombia, El Salvador y República Dominicana.

Las mujeres han aprendido a moverse en el nuevo mundo digital, pero no necesariamente sienten que ese mundo las esté esperando con los brazos abiertos.

Entre 2020 y 2023 el índice (DDI) pasó de 0,43 a 0,46; es decir, la adaptación digital aumentó. Y, en promedio, las mujeres obtuvieron una puntuación ligeramente superior a la de los hombres, como una diferencia pequeña, pero consistente.

En A Room of One’s Own, Virginia Woolf escribió que una mujer necesitaba dinero y una habitación propia para poder escribir ficción. No se trataba solamente de disponer de cuatro paredes y una puerta. La habitación era una metáfora de algo más profundo: autonomía, tiempo, recursos y libertad para transformar el talento en obra.

Hoy podríamos actualizar aquella habitación. Una mujer puede tener un teléfono inteligente, conexión a internet, educación y competencias digitales. Puede trabajar desde Zoom, vender por Instagram, comunicarse profesionalmente en LinkedIn y desenvolverse con soltura en un mundo cada vez más digital. Pero eso no significa que tenga una habitación propia en el mercado laboral. 

Hace también fata tiempo, autonomía, ingresos, seguridad, confianza en sí misma y posibilidades reales de convertir las capacidades en oportunidades. Durante mucho tiempo hemos pensado que para cerrar la brecha laboral había que cerrar primero la brecha de capacidades. Más educación, más habilidades STEM, y más habilidades digitales. Todo eso puede ser verdad. Pero nuestros datos sugieren algo diferente: tener las capacidades no garantiza tener las oportunidades.

Puede estar relacionado con la maternidad y el cuidado de los hijos, con la estructura de los empleos, con sistemas educativos que no consiguen convertir educación en movilidad, con falta de autoconfianza, o con mercados laborales que siguen remunerando de manera desigual capacidades similares. Son hipótesis plausibles, pero nuestro estudio no permite establecer causalidad. Precisamente por eso dejamos abierta la necesidad de profundizar en ellas.

Quizá el problema no sea que las mujeres no sepan utilizar las herramientas del futuro. El problema mayor puede estar en que el futuro laboral todavía no sabe qué hacer con mujeres que sí saben utilizarlas.

Si diagnosticamos el problema como una falta de habilidades, la solución será capacitar más a las mujeres. Pero si las habilidades ya están allí y la inseguridad persiste, tendremos que mirar hacia otro lado: hacia las reglas del mercado laboral, la organización del cuidado, las oportunidades reales de acceso y promoción y la manera en que se distribuye el riesgo económico.

La pandemia aceleró muchas cosas. Digitalizó empresas, colegios, oficinas y relaciones. También aceleró una transformación silenciosa en las competencias digitales de millones de personas.

Seis años después del comienzo de aquella disrupción que significó la pandemia global, queda una pregunta incómoda: ¿De qué sirve aprender a navegar el futuro si el futuro sigue pareciendo más incierto para unas que para otros?

Sor Juana preguntaba quién debía cargar con la culpa y Virginia Woolf reclamaba una habitación propia. A las mujeres latinoamericanas del siglo XXI quizá haya que dejar de preguntarles de quién es la culpa o quién le teme al futuro. La pregunta es otra: ¿Quién abre la puerta?

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