CRÓNICA | Estoy muerta en vida por practicarme un aborto ilegal en Venezuela

Caleidoscopio Humano

(21-09-2022) Era un viernes de mañana fría. Tomé un taxi que me llevó a mi destino, un consultorio médico ubicado en una de las tantas zonas comerciales de Caracas. Ahí entré y sentí claramente como el frío de la calle se unió al disparado por un aire acondicionado ruidoso y viejo. Ambos me hicieron temblar. Hoy pienso que no fue el frío, si no el miedo. Mientras entraba, noté que solo estaba una muchacha en esa sala de paredes amarillas y cuadros con imágenes del aparato reproductor femenino.

Minutos después salió un doctor, se presentó y me invitó amablemente a entrar a la segunda sala. Esta era un poco más amarilla e inspiraba tristeza. Pero yo estaba ansiosa y quería rápidamente relatar mi historia.

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Después de decirle que cinco días antes había dado positivo en una prueba de embarazo y que desconocía el tiempo de gestación, me invitó a sentarme en la misma silla helada de hierro que lo había hecho mi amiga meses antes y procedió a realizarme una ecografía.

«Tienes un mes y cinco días, lo que significa que es poco tiempo», me dijo con una voz que notaba su seguridad en el tema.

Luego añadió: te voy a ser sincero ¿quieres o no tener ese muchacho? -yo seguía semidesnuda en medio de ese frío- por lo que recordé que en casa me esperaba mi hijo de dos años al que, a duras penas, le podía cubrir sus necesidades.

Al contarle que había quedado embarazada por un «pelón» en las pastillas anticonceptivas, volvió a preguntar «¿quieres o no?». Y agregó «vete a poner tu ropa de nuevo en el baño».

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Entré al baño con el estómago revuelto y quitándome una diminuta bata azul que denotaba su uso continuo y sin lavar. Al salir respondí «no puedo tenerlo» y nunca pensé que al decir esa frase empezaría a vivir la agonía de realizarse un aborto ilegal en Venezuela.

«Son 200$ y te daré un récipe para que compres las pastillas y así te vienes el lunes temprano para salir de eso», expresó el médico de aspecto abandonado.

El lunes amaneció con un sol esplendoroso y un cielo como el azul del mar caribe. Asistí nuevamente a ese consultorio frío como una nevera y triste como la soledad.

«Siéntate en la silla y no te pondré anestesia para todo porque tienes poco tiempo», explica el médico mientras me pongo la bata azul cielo desgastada.

Tres días después de realizado el aborto, empecé a vomitar y sentir malestar general. Tenía fiebre y sentía como mi cuerpo se descompensaba poco a poco. Llena de terror y temblando como si un sismo recorriera mi cuerpo, acudí a un centro de salud pública. El diagnóstico fue angustiante y desolador:

«Te dejaron restos de placenta y debemos hacerte un legrado de emergencia porque es grave», dijo el médico que me estaba en la sala de emergencia.

Aquí empezó la verdadera tragedia. Después de dos días me tocó regresar al hospital, no paraba de sangrar y estaba más muerta que viva. «Tienes la hemoglobina en 5 y debes buscar donantes de sangre, además comprar todo porque sabes como está la cosa y aquí no hay ni agua», me explicó otro doctor. El primero que me atendió me dejó nuevamente restos de placenta y nunca más supe de él.

Fueron días difíciles, muy difíciles. No podía caminar porque sentía que moría lentamente. El miedo de irme y dejar a mi bebé solo invadía mi cuerpo, mis pensamientos. Los gastos económicos aumentaban y ya no tenía a quien recurrir.

Mientras yo sentía que moriría, los médicos y enfermeras se encargaron de estigmatizar mi caso. Era como si tuviera un letrero en la frente que dijera «estoy aquí porque aborte ilegalmente».

Llegó el antepenúltimo día de mi hospitalización. Por la puerta de hierro a medio pintar de un color gris frio y deprimente, entró un médico, alto como un árbol y delgado como una cabilla. «Prácticamente perdiste el útero y ya no podrás tener hijos», me dijo sin anestesia, agregando que debía regresar en unos meses «para sacarte todo», lo dijo así, sin un poco de empatía.

Y así perdí mi útero y casi pierdo mi vida por un país en donde no puedo decidir de forma segura sobre mi cuerpo.

Tres meses después, me preguntan mis allegados, «¿cómo te sientes?». La respuesta es sencilla, «devastada». Tengo más de dos meses atravesando una depresión junto a ataques de ansiedad y estoy medicada con antidepresivos y ansiolíticos. No es fácil saber que estoy en un país donde no se respetan mis derechos y por esto perdí la oportunidad de -quizás- poder tener otro hijo en el momento indicado y planificado.

Simplemente morí en vida el día que me practiqué un aborto ilegal en Venezuela.

*Relato entregado al equipo de Caleidoscopio Humano por una joven habitante de la capital venezolana. Su identidad fue resguardada en todo momento para evitar revictimización, señalamientos o acciones en su contra.