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Salud mental en Mérida: el testimonio de quien decidió buscar una segunda oportunidad

Favian no quería morir, pero tampoco sabía cómo seguir viviendo en una casa donde su existencia era un secreto a voces y el silencio pesaba más que la crisis. Su historia, marcada por el estigma y un sistema de salud mental en ruinas, es el reflejo de miles de jóvenes en Mérida que luchan por no convertirse en una cifra más. Esta no es una crónica cualquiera, habla de dolor, estigma y resiliencia en una Venezuela donde hablar de suicidio es urgente

Emmanuel Rivas/ X: @erivas06/ Instagram: @emmanuel.rivas.06

(12-03-2026) “Yo soy Favian. Todo esto no empieza el día que intenté morir. Ese fue solo el punto final de una acumulación muy larga…”

Con esa frase empieza su historia, y también empieza el relato de miles de jóvenes en Venezuela para quienes la identidad sexual y el rechazo social se suman a una crisis humana más amplia.

La historia de Favian no se limita a un día, sino a la acumulación de años, de silencios y de heridas que nadie vio.

Favian recuerda que desde niño sintió que era “diferente”. Pero la familia —de campo, tradicional, firme en un machismo donde la frase “no hay maricos en esta casa” era recurrente— nunca le dio espacio para nombrar lo que sentía. Ese silencio familiar, acompañado de frases como “antes muertos que aceptar a un hijo gay”, fue el comienzo de su duelo interno.

No pudo confiar en sus padres, y terminó por repudiarse a sí mismo durante años. Se preguntaba, como muchos que enfrentan estigmas similares: ¿por qué no puedo ser normal? ¿Por qué yo?

La historia de Favian no puede contarse sin entender el contexto social en el que vivió.

En Venezuela el suicidio es un problema serio de salud pública. De acuerdo con datos del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), en 2024 se registraron 1962 suicidios en todo el país, equivalentes a una tasa de 6,9 suicidios por cada 100.000 habitantes. Mérida, después de 23 años, dejó de liderar la tasa de suicidios, pasando de 15,5 a 10,8 por cada 100.000. Esta baja, aunque positiva, no es suficiente.

El OVV alerta sobre un subregistro considerable, y que el fenómeno no está solo en cifras aisladas, sino en una crisis estructural donde problemas económicos, sociales y de salud mental convergen para agravar el riesgo.

En Mérida, la violencia autoinfligida es un problema silencioso que ocurre en promedio cada pocos días, especialmente en entornos donde pocas veces se habla de salud mental sin estigma.

A los 13 años, mientras otros adolescentes descubrían el mundo, Favian descubría el miedo. El estigma familiar actúa como un corrosivo silencioso.

Estudios de diversas organizaciones en Venezuela señalan que el rechazo familiar es el principal detonante de cuadros depresivos en jóvenes LGBTIQ, quienes, al no hallar un «lugar seguro», internalizan el odio social.

Favian intentó compensar su «culpa» siendo el hijo perfecto. Trabajó todos los días, de 12:00 m. a 1:00 a.m., ayudando con alquileres, mercados y tratando de disminuir en su hogar las carencias de una Venezuela asfixiada por la crisis económica. Pero todo este esfuerzo no ayudó a la aceptación emocional.

El caso de Favian ilustra lo que especialistas definen como ‘depresión sonriente’ o funcional. A menudo, la intención de ser el ‘hijo perfecto’ o el exceso de trabajo son mecanismos de defensa para ocultar un profundo malestar. Las señales de alerta no siempre son llanto o aislamiento; también se manifiestan como:

  • Perfeccionismo extremo y miedo irracional al error.
  • Cambios en los hábitos de sueño (trabajar hasta la madrugada, como hacía Favian).
  • Comentarios de desesperanza disfrazados de bromas o resignación.
  • Desapego gradual de actividades que antes generaban placer.

Identificar estas señales a tiempo y ofrecer un espacio de escucha sin juicios es la primera barrera de defensa contra el suicidio.

«Escuchar a mi mamá decir que prefería estar muerta antes que tener un hijo gay me marcó para siempre», relata. En ese instante, la casa dejó de ser refugio para convertirse en intemperie.

A los 21 años, en medio de su carrera de Comunicación Social, Favian empezó una relación. Un hombre 13 años mayor que él. Sin embargo, lo que parecía un refugio resultó ser un laberinto. El abuso psicológico y el apego ansioso se convirtieron en la norma. 

En una comunidad donde los referentes de relaciones sanas son escasos y el estigma social empuja al aislamiento, los vínculos suelen volverse dependientes.

Favian se desdibujó. Descuidó sus sueños, sus estudios y su propia valía, convencido por un «narcisista» de que el problema era su propia existencia. 

La sorpresa llegó después del abismo. Una publicación en redes de otro joven, expareja del mismo hombre, reveló una verdad aterradora: el patrón de anulación era sistemático.

«Yo también pensé que mi vida valía cero después de terminar justo con la persona con la que él terminó», escribió el joven. Favian comprendió que su dolor no era “una falla de fábrica”, sino el resultado de un daño infligido.

El 16 de septiembre de 2024, la acumulación venció a la resistencia. Favian atravesó una crisis aguda que puso en peligro su vida. En las zonas agrícolas de Mérida, la disponibilidad de ciertos elementos aumenta el riesgo de letalidad, convirtiendo momentos de impulso en tragedias irreparables.

El despertar de Favian fue una paradoja auditiva. En la penumbra del hospital, entre el olor a desinfectante y el eco de los pasillos fríos, escuchó a alguien suplicar por su vida: «No me quiero morir, ayúdame».

«Yo lloraba por esa persona… hasta que entendí que era yo. Alguien que no se quería morir estaba muriendo. Y yo, que sí quería morir, estaba vivo».

Fue la primera vez que entendió que, aunque su mente había buscado la muerte, una parte de él aún quería vivir.

Ese cortocircuito emocional fue el inicio de su reconstrucción. A pesar de los diagnósticos médicos reservados, su cuerpo resistió.

Para Favian, el conflicto no estalló ese 16 de septiembre de 2024. Se gestó años atrás, bajo el techo de una familia de campo donde la masculinidad es un bloque de cemento sin fisuras.

Lo que él experimentó también está documentado en investigaciones sobre salud mental y orientación sexual: los jóvenes LGBTQ no están en mayor riesgo por su identidad en sí, sino por cómo la sociedad los trata: estigmatización, rechazo y falta de ambientes de apoyo.

Hoy, Favian no es solo una estadística que se salvó. Es un sobreviviente que entiende que la salud mental en Venezuela —y específicamente en la región andina— es una emergencia olvidada. La falta de políticas públicas y el alto costo de las terapias privadas dejan a jóvenes como Favian en un estado de vulnerabilidad absoluta.

Apoyado por sus amigos y enfrentando las contradicciones de una familia que aún procesa el dolor, Favian decidió hablar. Su crónica se convierte en un manifiesto de vida.

Mérida sigue teniendo tasas de violencia autoinfligida muy altas, sí. Pero mientras haya voces dispuestas a romper el silencio y a nombrar lo que duele, habrá una oportunidad para que el próximo joven que se sienta «diferente» encuentre una mano en lugar de un juicio, y una razón para quedarse, en lugar de una salida hacia la nada.

Sin cifras oficiales y con la sombra del estigma social persistente, hoy más que nunca, hablar de suicidio se vuelve una herramienta de prevención.

“No quiero que cuenten una historia sobre morir, quiere que cuenten una historia sobre todo lo que puede llevar a alguien a creer que no merece vivir… y cómo aun así se puede volver…”: Favian. 

Si te encuentras en una situación de crisis, sientes que no puedes más o simplemente necesitas que alguien te escuche sin juzgarte, existen manos extendidas para apoyarte. La salud mental es un derecho y pedir ayuda es el acto de valentía más grande que puedes realizar.

En Mérida, iniciativas como Vive Aquí Estamos, CENACE o la red de salud pública,  las consultas de psicología de la Universidad de los Andes (ULA) y la Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV) están siempre disponibles para ti.

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