El capitán Juan Carlos Caguaripano cumplió nueve años tras las rejas y doce de distanciamiento familiar tras el alzamiento del Fuerte Paramacay, mientras su esposa, Irene Olazo, exige justicia y reparación frente a la incomunicación y el quiebre de su salud
FUENTE ORIGINAL: EL NACIONAL. –
El capitán de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) Juan Carlos Caguaripano cumplió nueve años en prisión y doce de ausencia familiar tras liderar el alzamiento del Fuerte Paramacay. Su esposa, Irene Olazo, exige justicia y reparación integral sin canjes políticos.
Tras más de una década sobreviviendo a la persecución, el miedo, la distancia, la prisión y las torturas, el verdugo más implacable ha terminado siendo el tiempo. Para la familia del militar, la lucha contra el reloj no comenzó el 11 de agosto de 2017, cuando fue apresado por las fuerzas de seguridad del régimen en Caracas, cinco días después de liderar el alzamiento militar en el Fuerte Paramacay. Había comenzado tres años antes, cuando levantó por primera vez la voz contra la corrupción y la injerencia extranjera que imperaban en el seno castrense.
Durante 12 años la vida sigue avanzando mientras ellos permanecen suspendidos en una espera que nunca eligieron y que jamás imaginaron. Desde 2014, cuando pasó a la clandestinidad, su hija Samantha Nazareth ha crecido sin su padre, sus padres envejecieron sin su hijo, su madre perdió la lucidez hasta el punto de no reconocer a nadie y su esposa aprendió a ser madre y padre a la vez, a trabajar y a levantar la voz mientras atravesaba un proceso migratorio marcado por el terror de la persecución.
Caguaripano, uno de los presos políticos militares más emblemáticos del país, fue condenado el 19 de diciembre de 2025 a 30 años de prisión junto con otros acusados por los hechos del Fuerte Paramacay. El recurso de apelación de su defensa fue admitido y la audiencia se celebró este 26 de agosto telemáticamente, con casi cinco horas de retraso y sin que se emitiera un veredicto inmediato.
Pero para Olazo, la historia comenzó mucho antes de esa condena e, incluso, antes de su detención. Comenzó con un hombre que, antes de convertirse en un nombre asociado a una rebelión militar y a la prisión política, era su esposo, el padre de su hija y el hijo de unos padres que todavía lo esperan. “Lo más difícil de estos nueve años es que la vida no se detuvo. Cuando se llevaron a Juan Carlos, la vida siguió, pero nosotros tuvimos que aprender a vivir con una ausencia que nunca aceptamos como definitiva”, menciona en entrevista con El Nacional.
Esta ausencia comenzó tres años antes de su captura, cuando Caguaripano pasó a la clandestinidad como una forma de proteger a su familia, luego de que su hija, quien apenas tenía cuatro meses de nacida, fuera víctima de un intento de secuestro. El reencuentro de Samantha Nazareth con su padre ocurrió después de su captura, cuando ella tenía tres años y medio: “Mi hija, desde los cuatro meses, no tuvo contacto físico con su papá. Por lo tanto, no solamente estamos hablando de nueve años, estamos hablando de 12 años que el tiempo no se detuvo”.
En esos doce años, la familia aprendió a convivir con una mesa incompleta. “Fueron años de sillas vacías, donde mi hija creció sin papá, cumpleaños sin la presencia de su papá, sino de una foto, Navidades en donde no pudo abrazar a su papá y yo no pude abrazar a mi esposo”. También estuvieron los logros de la niña —que hoy es músico—, las enfermedades y los momentos importantes en los que el oficial tampoco pudo estar: “Había una ausencia total, pero siempre permaneció vigente en nuestros corazones, siempre estuvo presente”.
La madre tuvo que explicarle a la niña por qué su padre estaba ausente. Pero había una diferencia fundamental: no se había ido: “Siempre, como madre, creo que fue un trabajo muy difícil, no solamente sembrarle a mi hija esa imagen de su papá, sino que, además, su papá estaba ausente, no porque la abandonó, sino que estaba ausente porque decidió luchar por la libertad de un país”.




