No es una carta abierta, es mi ejercicio pleno a la libertad de expresión

Gabriela Buada Blondell / El Diario

George Harris ven que te voy a educar para que hagas chistes que sí den risa.

Desde que comencé a interesarme por los derechos de las personas decidí de alguna manera intentar hacer del periodismo y la educación una sociedad realmente más humana. Sin hipocresía política, religiosa y hasta de orientación sexual me empeño día tras día en mostrar las realidades desde todos los espacios, aunque a veces sienta que nado contra la corriente. Total, es mi propósito de vida.

Pero, ¿por qué hablo de mí y de lo que hago?, sencillamente porque quiero ejercer plenamente mi derecho a la libertad de expresión y así como defiendo por sobre todas las cosas este derecho, defiendo también el derecho que todas las personas tienen de exigir respeto por su dignidad, por su lucha, por su causa. Que muchas son históricamente vulneradas y aunque no me guste usar el término “históricamente” porque es un término politizado para etiquetar las causas injustas, esa es la etiqueta que más marcada llevan por chistes que no dan risa.

Y es verdad que la historia les vulnera, les opaca, les ridiculiza porque con la muy mala excusa de “somos venezolanos y debes aguantar chalequeo, o no te ofendas que es un juego”, quienes tienen poder de los micrófonos, de generar matrices de opinión y de educar aprovechan muchas veces desde el desconocimiento para reforzar falsos prejuicios, estigmas y sobre todo mucha discriminación.

Sigo hablando de mí, porque escribo para ejercer mi derecho a la libertad de expresión y cuando decidí visibilizar violaciones de derechos humanos a través de un periodismo humano para hacer algo positivo en una sociedad que se ríe una y otra vez de su propia desgracia, decidí hacerlo sin estigmas ni discriminación y contribuir a un periodismo que sabe cuándo una foto de un niño con la piel verde que ocupa un ataúd de madera en un ranchito de Caracas no genera ningún intención periodística, si no que al contrario, hace daño a sus familiares que en medio del dolor dejaron que como periodista asistieras al velorio para que la gente viera que no tenían cómo enterrarlo, pero que a los años cuando este familiar googlea el nombre del bebé se encuentra una y otra vez con la imagen terrible que nunca se borrará. Todo lo que se publica sigue ahí, rodando y multiplicándose. Pero no importa, porque eso da clics y muchos seguidores, además es mi ejercicio de libertad de expresión. “Sus padres me dieron permiso”. Sí, pero a horas de morir el muchachito a causa de la negativa del Estado de ponerle la mano al hospital modelo en Caracas.

Ahora bien, le hablo a George Harris. Excelente comediante, del cual disfruto muchas horas de risas que suelen ser reparadoras después de conocer tantas víctimas de violaciones de sus derechos diariamente, después de hacer seguimiento y monitoreo a niños que atentan contra su vida simplemente porque sus padres no entienden que no son quienes creen que son. Horas de seguir entendiendo lo que vive una persona trans día tras día en un mundo donde se les niega su derecho a la identidad y con este sus derechos más básicos. Y esto lo hago porque es mi forma de vida, interesarme en que algún día sea posible que todos tengamos derechos. Que una pandemia o emergencia no se enmarque tanto en el sufrimiento diferenciado solo porque soy mujer, porque soy trans, me falta una mano o un ojo o simplemente soy diferente.

No es un chiste cuando se nota el desconocimiento por la existencia de esos niños que sí, un día se levantaron sin siquiera haberse desarrollado y se dan cuenta que están en “el cuerpo equivocado”. No es un chiste para las personas trans que se jueguen con sus genitales “jurúngate el pipi y luego ves que se siente”, no es un chiste decir que antes era mejor “cuando el abuelo se pintaba la boca y quería que lo llamaran Edith”. No es un chiste porque el desconocimiento desde lo más superficial del abordaje de cada palabra y en cualquier contexto que se exprese aun haciendo uso del ejercicio pleno a la libertad de expresión retrasa, estigmatiza, discrimina y duele. 

La exageración como recurso contra grupos vulnerados dejan de ser chiste cuando se exagera, ridiculiza y además se estigmatiza y en plena cuarentena desnuda las vulnerabilidades e incrementa el rechazo desde todas sus proporciones. (Lo hemos visto en los casos de violencia contra mujeres trans que salen el día que les corresponde según el género con el que se identifican y las abusan, golpean y hasta las detienen con violencia porque no salieron su día “correcto”. Caso Colombia y Panamá). No es un chiste cuando sabemos que las personas trans, y específicamente las mujeres trans tienen una expectativa de vida en la región que no llega a los 35 años debido a los prejuicios en su contra que a menudo se traducen en discriminación y violencia.

En las redes sociales lo máximo que viven las personas trans “intensas u ofendidas” es que sean reportadas, que les cancelen las cuentas, que salga un montón de fanáticos de los chistes de Harris (excluyéndome) a atacar e insultar, pero no podemos olvidar y sin exagerar que estas personas también se exponen a que en sus comunidades, en la calle o en la realidad que muta afuera de Twitter las pueden asesinar, o en el caso de muchos niños que hoy viven su proceso de transición y que seguramente serán víctimas de episodios de violencia por los familiares, que vieron el chiste y recibieron la luz de Harris para poner en cintura en cuarentena a ese muchachito que se le debe quitar urgente la “mariquera”.

No es un chiste, porque estoy convencida en que Harris desconoce esta y muchas otras cosas acerca de las personas trans y que ciertamente se puede usar el humor para hacerles visibles, pero que si el tema se aborda desde el desconocimiento del dolor y la ausencia de empatía caemos en la desinformación y en la propagación y divulgación de contenido lleno de prejuicios y discriminación, pero además equivocado. Definitivamente, no es un debate sobre los límites de la libertad de expresión sino sobre ser mejores ciudadanos, mejores seres humanos. Saber que no es un chiste que un mandatario le llame “mongólico” para descalificar a su contrincante haciendo referencia a una persona con síndrome de down, o el beisbolista que dice en un programa de radio que pobrecito de él que está encerrado en pandemia con su hija adolescente, su esposa, su suegra y que de paso su mascota es perra, “las hormonas alborotadas”. Debemos saber que hasta para hacer chistes hay que documentarse, estudiar y observar bien cuál es la finalidad del mensaje. ¿Reírse o atacar?

En esta oportunidad Harris te digo que las personas trans NO SON TU CHISTE.

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