Mujeres indígenas de la Amazonía venezolana: tejedoras de resiliencia climática

Fuente original: CRÓNICA UNO. –


En el sur de Venezuela, junto al imponente río Orinoco, las mujeres indígenas son las principales afectadas frente a anomalías climáticas. Sus conocimientos tradicionales heredados de sus ancestras les permiten resguardar sus conucos e innovar para preservar sus culturas.

Noviembre suele marcar el inicio de la sequía en Puerto Ayacucho, capital del estado Amazonas, al sur de Venezuela. Sin embargo, las lluvias de finales de ese mes cambiaron la rutina del fin de 2025. A las siete de la mañana de un sábado, Laura, mujer yek’wana de 37 años, aprovecha la tierra blanda para sembrar. En su conuco —un pequeño cultivo tradicional escondido en aquella ciudad caliente—, siembra semillas de árboles frutales y tallos de yuca.

El verano del año pasado fue tan fuerte y largo que la yuca se nos secó. Este [2025] ha sido todo lo contrario. Esperamos cosechar en ocho meses y tener para comer”, dice. Este tubérculo rico en carbohidratos y vitaminas es la base fundamental de la alimentación en las comunidades amazónicas cuando se transforma en mañoco, una harina espesa típica de esta región.

Mientras su hija de 13 años le ayuda a abrir los surcos en la tierra, Laura recuerda su niñez, cuando su abuela le enseñó el valor del trabajo tradicional hecho con las manos, que ahora le ayuda a vivir.

“Son muchos detalles importantes. Entre ellos, cómo mantener el conuco libre de malezas para que las matas respiren, conocer cuáles cultivos son felices a orillas del río y cuáles no pueden llevar demasiada agua. Aprendí a elegir la tierra correcta y seleccionar tallos de yuca para que no salga mala”.

Para las mujeres yek’wana, las prácticas en la tierra van más allá de una simple actividad para la supervivencia, señala, se trata de un saber ancestral cultivado generación tras generación. Sin embargo, apenas a las nueve de la mañana Laura y su hija deben parar, el calor se ha vuelto tan intenso que el esfuerzo las cansa y les provoca migraña.

“Yo enseño a mi hija a cuidar la tierra, pero los tiempos ya no son como antes. Recuerdo que todos colaborábamos y sacábamos el mañoco por tambores (sacos). Ahora el tiempo no rinde, el clima cambia y es como más cansado el trabajo, lamenta Laura”. La vida en la Amazonía cada vez es más calurosa.

Entre 1986 y 2024, la temperatura media anual en Puerto Ayacucho subió de 25,25 °C a 27,65 °C, mientras que la temperatura máxima anual pasó de 36,11 °C a 40,81 °C, según aproximaciones de la herramienta Power Data Access Viewer de la agencia espacial estadounidense (NASA, por sus siglas en inglés).

Mujeres indígenas
Ilustración: Omarela Depablos

Esta alteración de los ciclos climáticos implica una doble vulnerabilidad para la mujer indígena, señala la investigadora de ecología transdisciplinar para el bienestar humano Noemí Chacón. No solo está más expuesta a desigualdades de género y discriminación estructural hacia sus pueblos, sino también a las consecuencias por su rol sociocultural en la gestión de recursos naturales.

“Su vínculo cotidiano con actividades esenciales como la agricultura, la recolección y la artesanía las expone directamente a las alteraciones climáticas, afectando la fertilidad del suelo y las formas de vida de las comunidades”,explica.

Sin embargo, es precisamente este vínculo el que las convierte en actoras con una gran resiliencia y adaptación, y en amplificadoras de conocimientos ancestrales para la conservación ambiental, afirma la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

Amenazas climáticas

Los conucos son sistemas tradicionales de policultivo claves para la estabilidad ecológica del territorio, preservados por saberes milenarios de las comunidades indígenas venezolanas. Chacón explica que estos conocimientos son esenciales para “mantener el ciclo de nutrientes, la biodiversidad y la resiliencia del ecosistema”, y son las mujeres indígenas quienes juegan un papel fundamental en su cuidado. Ellas administran el terreno mediante la selección de semillas, el manejo agroforestal y la introducción de especies regenerativas, señala.

Laura no puede predecir el clima, pero cuando decide qué, cómo y cuándo sembrar según las señales de su entorno, pone en práctica una forma de adaptación significativa que fortalece su terreno. Sin embargo, no escapa de riesgos asociados a anomalías climáticas —ni a la expansión descontrolada de la minería ilegal—. La mujer recuerda con tristeza las inundaciones de 2018, cuando una subida del río Orinoco aniquiló su siembra y dejó a su familia con escasez de alimento por meses.

No obstante, este no fue un fenómeno aislado, una situación similar ocurrió el año pasado. Aunque para Laura la abundante agua ha sido una “bendición”, el desbordamiento del río Orinoco en el mes de julio arrasó con sembradíos cercanos. Según publicó el gobernador Miguel Rodríguez en su cuenta de Facebook, 2.500 personas de los municipios Atures, Autana y Atabapó resultaron afectadas. En 100 años es la tercera vez que la cuenca alcanza sus niveles máximos.https://www.facebook.com/plugins/post.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2FMR.amazona%2Fposts%2Fpfbid02jRt7dcpoerqQzUoz4yQLh6Vp6EtC5KMC42CifyDzvvgnirNgYFczTY9d7NqoPNv4l&show_text=true&width=500

Pero no toda tormenta puede adjudicarse al cambio climático. Para el ingeniero hidrológico Valdemar Andrade, puede tratarse de un fenómeno “normal”, ya que no existe evidencia que los asocie. Con relación a las sequías de 2024, “fue una situación definida por el calentamiento del océano Atlántico, eso generó mucha sequía en el país e incendios forestales”. El calentamiento acelerado de los océanos sí es considerado por la ciencia una consecuencia del cambio climático.

Un estudio en inglés sobre los patrones e impactos de las sequías en la cuenca del río Orinoco, publicado por la revista Hydrology en 2023, señala indicios de que los bajos niveles de agua observados en ese río están asociados a anomalías climáticas impulsadas por el calentamiento global y son “exacerbadas por la variabilidad oceánica [de fenómenos] como El Niño”.

También advierte que “las tendencias de calentamiento de la superficie a largo plazo aumentan la demanda de evapotranspiración y agravan las condiciones de sequía dentro de la cuenca”.

El ingeniero Barlin Olivares, coautor de este estudio, afirma que el cambio climático actúa como un amplificador natural de estas alteraciones, como sequías y lluvias intensas, vinculadas a estos patrones regionales como el calentamiento del Atlántico o el fenómeno de El Niño.

“Todos los cambios que se observan son porque hay influencia de otros factores, de la temperatura media del aire, que modifica la evaporación, los suelos se secan mucho más rápido y cuando llueve cae más agua en menos tiempo. Pero efectivamente hay cambios que se están presentando del clima que coinciden con las tendencias que se muestran tanto en los modelos climáticos como en los registros satelitales; eso es una evidencia científica comprobada de que estos cambios sí pueden ser producto del cambio climático”, explica.

En el sur de Venezuela ocurre una prolongada estación húmeda, marcada por seis a ocho meses de lluvia y cuatro de sequía. El estado venezolano no publica información oficial sobre el seguimiento a estas temporadas. Sin embargo, aproximaciones satelitales hidroclimatológicas recopiladas por Power Data Access Viewer indican que las precipitaciones de los primeros once meses de 2025 acumularon 2.488,16 milímetros.

En los años 2024, 2023 y 2022 acumularon 1.149,39 milímetros, 2.254,02 milímetros y 1.812,47 milímetros, respectivamente, todas las cifras por debajo del promedio histórico anual de 2.500 milímetros señalado en el artículo “Respuestas de las precipitaciones en Venezuela” de la Revista Climatológica.

Ilustración: Omarela Depablos

Resiliencia colectiva

La crisis climática, que seca la tierra en ciertas temporadas y la moja en exceso en otras, contribuye a romper el vínculo de la mujer con el territorio y, en ocasiones, empuja a muchas a labores en la minería ilegal, donde se exponen a cualquier tipo de violencia, arriesgan su salud y participan en la destrucción del mismo territorio.

Según Chacón, que abandonen sus conucos las aleja de su cultura y conocimientos. “Estas prácticas no solo sostienen la economía familiar y comunitaria, sino que también son fundamentales para la conservación de los ecosistemas; cuando realizan actividades de minería van en contra de su ser”, señala.

Frente a estas amenazas, la Organización de Mujeres Indígenas de Autana (Omida), impulsada por mujeres indígenas uwöttüja, apuesta por estrategias de autosostenibilidad que brindan alternativas económicas sostenibles para la comunidad indígena, a través de la innovación productiva y la defensa del territorio.

Cuando la profesora y lideresa uwöttüja Amelia Conde fundó Omida en 2007, su principal motivación fue empoderar a las mujeres indígenas para que tuvieran presencia en las asambleas de su comunidad. Históricamente, en estas reuniones de toma de decisiones cruciales para su pueblo, “solo participaban hombres, las mujeres se iban a la cocina, no tenían voz”, asegura.

Pasaron los años y la crisis económica y humanitaria venezolana se agudizó. La inseguridad alimentaria de las comunidades indígenas, que ya venía sorteando períodos de importantes sequías, se profundizó en 2020 con la pandemia, pero dio un nuevo sentido al propósito de la organización. De esta manera, estas mujeres trazaron una estrategia para autosostenerse económicamente y, al mismo tiempo, preservar los saberes de la mujer indígena del Amazonas.

“Queríamos hacer algo que nos ayudara, que tuviese la participación de todos, tanto hombres como mujeres. Decidimos hacer los emprendimientos, pero no con cualquier producto. Llegamos a una conclusión que los emprendimientos iban a ser con nuestros productos amazónicos”,relata Amelia. Llamaron a esta iniciativa Cajas Comunales Kuäwä Yąmu.

Mujeres indígenas
Ilustración: Omarela Depablos

Los emprendimientos de las mujeres de Omida se centran en el uso de productos amazónicos, lo que les permite mantener su vínculo con el territorio. De la yuca hacen mañoco para distintos productos tradicionales como catara, casabe y galletas; el ají lo comercializan molido, y con manaca, cambur, apoazú, ceje y piña hacen jugos y repostería. También aprovechan la pulpa de la manaca para hacer mermeladas y vinos, técnicas que aprendieron por medio de su propia experimentación, como una estrategia de innovación.

Pero los productos más exitosos han sido las artesanías: sombreros, collares, zarcillos, chinchorros y cestas, basadas en técnicas de tejidos ancestrales, elaborados con fibras vegetales de palmas de moriche y decorados con semillas.

Amelia cuenta que la idea era trabajar con mujeres que ya no practicaban la siembra o que no sabían cómo trabajar estos productos. Incluso, han hecho formaciones en materia económica y finanzas para ayudar a la sostenibilidad de cada emprendimiento.

“Yo tengo tres años vendiendo catara, que es el zumo de la yuca. Tiene su técnica ancestral, ya que se tiene que cocinar entre ocho y diez horas para eliminar el veneno. Yo innové un poco porque la hago espesa”. La lideresa asegura que, como ella, varias mujeres de la organización ya viven de sus emprendimientos.

En la actualidad, Omida está conformada por 50 miembros de las etnias uwöttüja, yek’wana y baré, indica Amelia; cada una aporta desde sus saberes para transformar la adversidad en una acción colectiva y preservar sus culturas. Las familias que trabajan con conuco aprovechan la diversidad de sus cultivos para la sostenibilidad.

“Ellas saben cómo aprovechar su conuco, qué hacer para que no se dañen ni se erosionen”, señala Amelia. Si bien las sequías han dañado los últimos cultivos de yuca, la riqueza del conuco les permite aprovechar otros alimentos para sus emprendimientos.

El ingeniero agrónomo Barlin Olivares considera los emprendimientos desarrollados por las mujeres de Omida como una estrategia de adaptación y resiliencia climática. Por un lado, generan autosuficiencia económica, y por otro, soberanía alimentaria, debido a que los sistemas de policultivo protegen a las comunidades de la inestabilidad del cambio climático. Además, la transformación de la materia prima en productos finales, a través de conocimientos milenarios, es una forma de fortalecer su tradición y asegurar su supervivencia.

“Recordemos que la forma en que convierten la materia prima de esos conucos en productos transformados genera ingresos y permite que las comunidades no dependan de las actividades de la mina, lo cual es clave para romper ese ciclo de vulnerabilidad”,expone Olivares.

Cuando se dedican a vender parte de la cosecha o a revalorizar los productos transformados, se fortalece la comunidad y se garantiza que el conocimiento ancestral no se pierda.

Según el mismo Olivares, los sistemas de policultivo son muy diversos y “resisten muchísimo mejor a los cambios” que puedan ocurrir, a diferencia del monocultivo. “Este conocimiento ancestral local constituye una forma de adaptación tan estratégica y valiosa como cualquier otra tecnología moderna”, concluye.

Mujeres indígenas
Ilustración: Omarela Depablos

La lucha contra la minería ilegal

Amelia y sus hijas son del municipio Autana, donde la vida tradicional resiste. Aunque muchas familias mantienen su cultura en el territorio, algunos han migrado a la ciudad y se dedican a trabajos desvinculados de la agricultura; y en el peor de los casos, a las minas. “Eso me da mucha tristeza, ver como nuestros mismos parientes destruyen nuestro territorio”, declara Amelia.

Amazonas es uno de los estados con mayores índices de vulnerabilidad, según datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) de 2021. Por otra parte, un reciente estudio de Ecoanalítica lo identifica entre los cinco estados con menor actividad económica. En esas circunstancias, la minería ilegal es la principal fuente de trabajo.

Estas actividades extractivas, combinadas con situaciones de sequía, atentan contra los conucos y los sistemas tradicionales de alimentación indígena. María Arana, quien es parte de Omida, asegura que se esfuerzan para llevar talleres a las comunidades sobre cambio climático y la importancia de cuidar la naturaleza como han enseñado sus ancestros.

También invitan a los jóvenes a emprender y abandonar sus trabajos en las minas, una iniciativa sin mucho éxito hasta ahora, lamenta Amelia. “Muy pocas mujeres han salido de ese mundo para venir a trabajar con nosotras. La última hace dos años”.

Noemí Chacón destaca que la economía minera vulnera los derechos de las mujeres indígenas al tratarse de un ambiente hostil “donde la mujer está expuesta a mayores niveles de discriminación, sufre cualquier tipo de vejación y está expuesta a diferentes enfermedades”.

Desde esa perspectiva, el trabajo de Omida también surge como una estrategia de resistencia para construir una “economía de la vida” que rompa el ciclo de vulnerabilidad y evite la dependencia de la minería ilegal, asegura Olivares.

Ilustración: Omarela Depablos

El daño en la selva

El costo ambiental de esta actividad se refleja en la deforestación del sur venezolano. Entre 2001 y 2024, el país perdió 875.900 hectáreas de cobertura arbórea. El estado Amazonas representa el 35 % de la pérdida total, reveló el informe Cambio climático, minería ilegal y derechos humanos en la Amazonia, elaborado por la Coalición contra la Minería Ilegal en la Amazonía (CMIA), conformada por organizaciones de la sociedad civil de Brasil, Bolivia, Colombia, Perú y Venezuela.

El estudio sugiere que de las 834.009 hectáreas perdidas en la región de Guayanade Guayana, conformada por Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro, casi el 80 % se debe a actividades antrópicas, es decir, aquellas realizadas por el ser humano.

Durante las negociaciones del clima que se llevaron a cabo en Belém (Brasil) entre el 10 y 21 de noviembre de 2025, Venezuela incorporó en sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) para la lucha contra el cambio climático (las acciones que el país planea hacer para combatir el fenómeno) la conservación, la gestión sustentable, la restauración y la regeneración de bosques como estrategias clave tanto de mitigación como de adaptación.

Sin embargo, existe una brecha entre este objetivo y la realidad de las acciones ejecutadas por el Estado venezolano para alcanzar esas metas. El reciente informe de la CMIA señala debilidad institucional, ausencia de planes sectoriales específicos y la carencia de datos confiables y sistemas de monitoreo robustos en el país.

En este contexto, las prácticas tradicionales de las mujeres indígenas de la Amazonía venezolana son vitales para la gestión y regeneración de bosques. Según Chacón, su liderazgo es fundamental para el diseño e implementación de políticas de acción climática y desarrollo sostenible en la Amazonía.

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