Fuente original: CRÓNICA UNO . –
Lorenia Gutiérrez fue detenida el 25 de agosto de 2025, en el estado Bolívar. Estaba en su casa, junto a sus hermanos, una de ella con discapacidad auditiva y de habla. Mientras a ella la encapucharon, a su hermano lo amenazaron y apuntaron con armas. Hoy tiene libertad plena.
Bolívar. Aquella mañana del 25 de agosto de 2025 Lorenia Gutiérrez tenía un mal presentimiento. Solo por ser coordinadora de organización de Vente Venezuela en la parroquia Universidad del municipio Caroní, en el estado Bolívar, sabía que el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) la buscaba.
Desde 2024, cuando arreció la persecución política, Lorenia cambió rutinas. Vació su teléfono, estuvo en resguardo, estableció posibles rutas de escapes con sus vecinos y su trabajo cambió a modalidad virtual. Pero esa mañana no pudo huir.
“Yo ya venía viendo la persecución, ya la venía visualizando, desde marzo cuando agarran a Liomary Espina. Nos avisan: ‘estamos en una lista’”, recuerda.
No era paranoia. Veía drones sobrevolar por su casa, sabía por sus vecinos y hermanos de vehículos sospechosos que rondaban la zona y personas desconocidas que preguntaban por ella.

Esa mañana del 25 de agosto Lorenia comenzó su rutina como de costumbre. Estaba con su hermana, una mujer con discapacidad auditiva y del habla. Bebía café al frente de la residencia mientras revisaba las redes sociales desde el teléfono de su hermana. Su celular, después de escribirse con sus compañeras para notificar diariamente que estaba bien, lo puso a cargar en su cuarto.
El primer aviso fue ver pasar una camioneta que sabía era una de las que la vigilaba en otras oportunidades. Se fue hacia la puerta e intentó hacerle señas a su hermana para que entrara, pero ya era tarde.
“Me llegaron por todos lados. Llegan carros, se bajan unos de civiles y otros de negro”.
Intentó correr hacia el cuarto de su hermano, también con una condición de salud, para avisarle lo que pasaba. Temía que su hermana, sin entender lo que ocurría, no pudiera explicar qué ocurrió con ella.

Al llegar a la puerta del cuarto y gritar el nombre de su hermano mientras golpeó la puerta, todo se volvió oscuro. Los funcionarios del Sebin irrumpieron en la vivienda, la siguieron hasta tapar su cabeza con una capucha. En paralelo, Lorenia escuchaba el sonido de las armas para activarlas.
“A mi hermano le ponen el revólver en la cabeza y lo arrodillan, ‘quédate quieto que a ella nos la vamos a llevar’, le dijeron”.
Lorenia temía por su familia. “Yo estaba preocupada porque yo me podía escapar otra vez, pero me daba miedo que se llevaran a mi hermana, una persona de 57 años, hipertensa, que no habla ni escucha. Eso iba a ser un detonante horrible”.
“Me pusieron corriente”
Una vez detenida injustamente, llegó el momento de los interrogatorios, amenazas y torturas. La acusaron de terrorismo, incitación al odio, tráfico de armas y municiones, asociación para delinquir, conspiración y detentación de artefactos explosivos.
“A mí me torturaban, me daban golpes, me pusieron corriente. Todo era para sacar información, para que delatara a mis compañeros, Yo les decía que nosotros estamos trabajando transparente, que no tenemos nada que esconder”.
Para mayor presión, la incomunicaron de su familia y estuvo desaparecida. “Eso también es psicoterror familiar, el desespero de no saber dónde estás”.

De estar en el Sebin, en San Félix, Lorenia debió pasar a la comisaría Vizcaíno, antes de su traslado al Internado Nacional de Orientación Femenina (INOF), en Los Teques, estado Miranda. En ese proceso vivió no solo las condiciones de reclusión del resto de mujeres, sino enterarse que para ingresar a esa comisaría local se debía pagar.
“Yo no tenía plata. Me dejaron esposada, a la intemperie, durmiendo en el suelo. Después otra compañera pagó por mí, sacrificando sus propios beneficios. La cama de ella me la dan a mí y a ella la tiran para el suelo. Eso me puso la moral en el suelo”, relata.
En el penal de Los Teques, la realidad fue aún más cruda: hacinamiento, carencias y dinámicas de sobrevivencia.
“Me encuentro con 150 mujeres presas políticas, compartíamos el baño 19 mujeres, había que levantarse a las 4:00 a. m. Además, yo no sabía que en un penal se manejaba tanto dinero… muchísimo”.
Las constantes requisas era otra forma de presión. Y siempre, afirma, les quitaban los artículos de sustento diario. A pesar de ello, Lorenia tuvo una resiliencia que le permitió crear redes de apoyo entre las reclusas. Se convirtieron en facilitadoras y dieron clases a otras. Aún cuando al principio, al saber que ella era de Vente Venezuela, nadie se le quería acercar por miedo a un castigo por vincularse con una presa política del partido de María Corina Machado.

La libertad: esperanza que parecía imposible
Lorenia admite que, al principio, pensó que nunca saldría de la cárcel. Sin embargo, la libertad llegó mucho antes de lo esperado. El 1 de febrero de 2026.
Su experiencia dejó una huella, más allá de estar consciente de que su detención era uno de los riesgos que enfrentaba.
Hoy, con libertad plena, se mantiene firme. Ahora, su lucha también es por las cientos de mujeres presas políticas que siguen tras las rejas, muchas de ellas invisibilizadas.




