La realidad detrás de los vegetales bellos y los vegetales feos

María Alejandra Silva/Caleidoscopio Humano

(29-04-2022) De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 715 millones de toneladas de frutas y verduras se desperdician anualmente en el mundo, mientras que más de 800 millones de personas no tienen nada que comer.

De acuerdo a la ONU, esto se debe a un fallo en las cadenas de cosecha, de distribución y en otras ocasiones por decisión de los grandes supermercados que rechazan toneladas de frutas y verduras al año cuando no cumplen con los estándares de estética y tamaño. 

El problema del desecho de alimentos a llegado a tal punto, que la Unión Europea designó 2014 como el Año Europeo contra el Desperdicio de Alimentos, esto ante las alarmantes cifras dadas por la FAO y otras organizaciones internacionales, cuyo objetivo era el de concientizar a las personas y reducir la problemática.

Al igual que muchas personas desconocen que el 38 % del consumo total de energía en el sistema alimentario mundial se utiliza para producir alimentos que se pierden o desperdician.

La FAO explicó en 2018 que producir un tomate cuesta 13 litros de agua; una patata, 25, y una manzana, 70. Sin embargo, los alimentos más lujosos como el vino las cifras se elevan, necesitándose 120 litros de agua para producir una sola copa. La carne se lleva la peor parte, requiriendo la desorbitada cantidad de 15.000 litros de agua para producir un kilogramo.

Iniciativas para disminuir el desecho de alimentos

En algunos países como España, Alemania, Francia, Singapur y México se han creado diferentes iniciativas sociales que abarcan desde las grandes cadenas de supermercados hasta los huertos de pequeñas localidades y buscan aprovechar al máximo los alimentos menos “bellos” ante los ojos de los compradores tradicionales.

Uno de estos es Espigoladors, que se desarrolla en Cataluña (España). Esta empresa recupera fruta y verdura que no entra en el círculo comercial, bien por ser un excedente o bien por no ser lo suficientemente bonita para ser vendida. Parte de estos alimentos recuperados son destinados a entidades que facilitan el acceso al alimento a personas en riesgo de exclusión social.  

En Francia, uno de los colectivos con mayor impacto es Gueules Cassées del agricultor Nicolas Chabanne quien a través de un sitio web vende esa comida “defectuosa” con un precio 30 % menor al del supermercado, además de que ha hecho que en cadenas de autoservicio como Carrefour se tenga un espacio dedicado a la venta de la “comida fea”.

Los expertos consideran que para cambiar esto, se necesita “sensibilización y educación alimentaria”, una labor en la que deben contribuir tanto sociedad civil como instituciones gubernamentales, sin olvidar a los productores de alimentos.

800 millones de personas sin alimentos

En 2018 la FAO estimó que los alimentos desperdiciados en América Latina serían suficientes para satisfacer las necesidades alimentarias de 300 millones de personas. 

Por otra parte, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) detalló que en Venezuela un total de 9,3 millones de personas, aproximadamente un tercio de la población, sufren lo que técnicamente se denomina como “inseguridad alimentaria” moderada o grave.

El estudio del PMA que la falta de alimentos es un problema en todo el país, aunque en algunos estados como o Delta Amacuro, Amazonas y Falcón alcanza niveles más altos.

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) en 2021 proyectó que 92,7 % de los hogares venezolanos padecen de inseguridad alimentaria, es decir, tienen algún grado de dificultad para acceder a los alimentos, mientras que 57,9 % se encuentra en inseguridad alimentaria moderada o severa.

En Venezuela no existen programas gubernamentales dirigidos a reducir el desperdicio de alimentos y aunque el consumidor tiene una parte importante en esta acción, este es un problema que incumbe a todo el sistema de producción y consumo. Por ello deben ser también los gobiernos y la industria alimentaria los que incentiven un cambio de normas. 

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