La desnutrición hace estragos en la Guajira venezolana

Crónica.Uno

Se calcula que más de 300 familias del eje fronterizo solo comen carbohidratos y sus comidas se han disminuido drásticamente. Edgar Moreno es un padre de familia que vive en extrema pobreza con su esposa y sus dos hijos, una de ella diagnosticada con encefalopatía hipoxia. El cierre de la frontera, la pandemia y el desempleo recrudecen la realidad de las familias indígenas por lo que hambre hace estragos en la Guajira venezolana


(13-05-2022). Detrás de la colorida plaza de Sinamaica, a pocos metros de la residencia de la alcaldesa del Municipio Bolivariano Guajira, Indira Fernández, vive Édgar Moreno de 60 años de edad, junto con sus dos hijos y su esposa, Elia Loaiza de 45 años de edad. Hace poco más de tres años, la familia construyó su rancho con desechos de latón y madera al lado de lo que alguna vez fue una salina, convertida hoy en un basurero improvisado en el sector Chiquinquirá.

La humilde vivienda, cercada con troncos y palma seca, es depósito de una montaña de botellas plásticas de refrescos apiladas al lado de un tinglado que usan como baño, y en el otro extremo una pila de latas de sardina. De inmediato Édgar deja claro que la venta de ese desecho es su única esperanza para alimentar a su familia esa tarde.

El calor aprieta, el mal olor que desprende el basurero impregna el interior de la vivienda. Edgar, extiende sus brazos y dice: «Mirá, así vivimos», de inmediato rompe a llorar mientras su mujer trata de levantar de la cama a su hija Angélica de 8 años de edad. La pequeña apenas puede sostenerse sola, habla poco y trabado. Nació con encefalopatía hipoxia.

«Cuando mi esposa estaba embarazada le dio chikungunya, por eso mi niña nació así. Hace unos años, con la ayuda del párroco de la zona, la pudimos operar de las piernas, el médico dice que con otra operación podría caminar, pero no tengo ni como alimentarla, menos para eso”, explicó el hombre mientras lloraba.

Dentro de la habitación, dos colchones matrimoniales ennegrecidos descansan sobre unos listones de madera que hacen las veces de cama. En un rincón hay varios cuadros de imágenes religiosas alrededor de un retrato de Angélica recién nacida. Elia dice que tiene fe en que pronto les llegará ayuda para salir de esa situación, refiriéndose a la pobreza extrema en la que viven.

Hambre que duele

En el otro extremo de la habitación hay una nevera pequeña y oxidada. En su interior hay un pote de mantequilla vacío y una carpeta en la que Elia guarda con celo los resultados de los exámenes que le han realizado a Angélica, su informe médico y una estampita de La Chinita. No hay comida.

Edgar y su familia viven en condiciones de pobreza extrema en el sector Chiquinquirá de Sinamaica, comen una vez al día /José Ángel Núñez

Hace más de un año que la familia se sostiene solo con los bonos que llegan a través del Carnet de la Patria. Antes, Édgar vendía café caminando por la avenida principal de Sinamaica, pero en un tropiezo se le cayó el termo y se partió. Se quedó sin nada, dice.

«Tenemos los bonos pero no alcanzan, porque cuando la gente del mercado sabe que pagaron, aumentan. Nosotros pasamos la huella para poder comprar, pero estamos fregaos porque cobran el triple, aquí lo que se mueve es el dólar y el peso colombiano»,  dijo.

Edgar cuenta que cuando le llega «un bono bueno» de 19 bolívares, respira porque puede comprar tres productos.

«Fijo compro salchichón y harina o arroz, pero a veces dejo el azúcar y prefiero comprar jabón porque aquí pasamos días sin bañarnos», contó avergonzado.

También les llega cada mes la bolsa del CLAP, el paquete que cuesta 10.000 pesos o cinco bolívares en efectivo, trae tres kilos de arroz, dos kilos de harina precocida amarilla, un kilo de pasta y un kilo de granos. A veces, incluye dos sardinas y café, porque la mayoría de las veces la bolsa llega saqueada a la casa de los beneficiarios.

Esa comida debe durar 20 días aproximadamente, comiendo una vez al día. «Lo que más comemos es arroz solo, frijoles que vienen en la bolsa, o cambio harina por pescado», contó la madre.

El resto de los días Edgar vende el plástico que recolecta, cuando no hay, pide en el mercado para darle de comer a sus dos pequeños, aunque reconoce que la que más come es Angélica, por su condición. “No me dan trabajo con esta edad, prefiero pedir que robar, lo hago por ellos. Me parte el alma saber que mis hijos nunca han comido tres veces en un día, no saben lo que es eso”, confesó.

Angelica llora, se muestra inquieta en medio de la conversación.

«Es que no está acostumbrada a ver gente extraña», suelta su madre a lo que Edgar responde: Tiene hambre, por eso está así.

«Antes era mejor»

Con 40 kilos menos, lánguido y sin conseguir calmar su llanto, el padre de familia contó que antes de la pandemia tenían una situación más estable.

«Vivíamos en Barquisimeto y yo trabajaba como vigilante, ganaba 600 bolívares al mes y tenía esa nevera llena de carne y pollo. Con la pandemia se apretó la situación y me quedé sin trabajo, así que nos vinimos para acá porque mi esposa es oriunda de aquí, pero ha sido terrible», dice.

Édgar confesó que a veces se siente mareado, con náuseas. Lo mismo le pasa a Édgar Alejandro de 11 años de edad, su hijo, cuando va a la escuela. «Solo le pido a Dios que me ayude para que el día que yo falte mis hijos no sufran tanto», dijo resignado.

Elia acuesta de nuevo a Angélica en la cama, busca su muñeca preferida y prende el ventilador. «Yo no tengo nada, la nevera se dañó, nunca he tenido lavadora y cocino en leña. Para tener agua tenemos que traerla de la plaza porque nosotros no podemos comprar agua. Si llueve es peor, porque se moja todo», dijo.

El hambre en la guajira es de vieja data

El caso de la familia Moreno es solo uno de los múltiples casos de pobreza extrema que abundan en la Guajira venezolana desde hace décadas.

Angélica nació con encefalopatía hipóxica por lo que le cuesta hablar y caminar. Ella y su hermano Édgar nunca han comido tres veces al día en su vida. Foto: José Ángel Núñez

De acuerdo con un informe presentado en 2020 por el Comité de Derechos Humanos de la Guajira a cargo de José David González, el cierre fronterizo decretado en 2015 por parte de la presidencia de la república, impactó drásticamente la actividad económica en esa zona fronteriza.

«La desnutrición afecta tanto a adultos como a niños. La dieta de las familias se redujo significativamente, en algunos casos se llega a consumir alimentos una vez al día bajos en grasas, calorías y proteínas. Asimismo, las fuentes de agua se encuentran contaminadas o secas producto de la fuerte sequía y la falta de limpieza de los pozos artesanales», se lee en el informe.

En la Guajiradesde el año 2016 se contabilizan entre 20 a 50 casos de desnutrición graves. Pero en el segundo trimestre del 2020 los índices aumentaron y se sumó la muerte por inanición.

El 30 de mayo de 2020 en el sector Los Robles, al sur de la Guajira murió una niña de seis meses de vida, debido a la falta de alimentos. Según sus padres no contaban con ingresos para su alimentación. Una semana antes habían perdido a otra hija por la misma causa.

El 4 de junio del mismo año, Kathiuska Hernández de 5 años de edad murió en el sector Ariguapa, según su madre Marelbis González, la menor entró en shock y solo vomitaba agua.

Ninguno de estos casos presenta informe médico que determine las causas de su muerte, pero sus padres argumentan que la falta de ingresos económicos y el control en medio de la cuarentena los dejó sin opciones.

Edgar dice que ha perdido mas de 40 kilos en los ultimos tres años debido a la falta de ingresos para alimentarse, también ha perdido parte de su dentadura. Foto: José Ángel Núñez

El comité denunció que pesé a que estos casos fueron reportados ante la opinión pública, ningún organismo respondió al hecho. Para 2020 tenían un registro de más de 100 casos similares de familias enteras con inseguridad alimentaria en niveles críticos.

El Comité de Derechos Humanos de la Guajira actualizó recientemente a través de Provea la situación actual del municipio Guajira ubicado al norte del estado Zulia, dividido en cuatro parroquias. Además, de resaltar la ausencia de transporte público en municipios como Paraguaipoa y Sinamaica, aseguran que los pueblos Añú y Wayúu experimentan un acelerado retroceso en derechos económicos, sociales y culturales.

Se calcula que al menos 302 comunidades del eje fronterizo basan su dieta en carbohidratos con una ausencia total de proteínas y grasas saludables. Además, los alimentos que reciben a través del CLAP son esporádicos, afectan en mayor grado, a los niños de cinco a nueve años de edad.

«El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha desplegado un plan de despistaje y atención a los casos de desnutrición en los niños de la región,  en cada comunidad se detecta entre 15 y 20 casos de niños desnutridos», según el informe.

Antes de despedirse Édgar dijo que la asistencia médica en la zona es nula, incluso se le dificulta comer debido a que en los últimos tres años ha perdido sus dientes inferiores.

Sin poder explicar su sentir con palabras, nuevamente se echó a llorar y en una pausa dijo: «Mi llamado es para el presidente de la república. ¿Cómo puede ser posible que Indira Fernández viva en una mansión mientras el pueblo se muere de hambre? Señor presidente actúe en la Guajira, hágalo por mis hijos, tal vez mañana yo no esté pero ellos no se merecen esto», finalizó.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *