Jóvenes rescatistas de la zona cero: una enseñanza de madurez silenciosa y profunda

En La Guaira muchas son las manos que trabajan sin parar para ayudar a los afectados. Algunas de esas manos pertenecen a jóvenes rescatistas quienes han vivido la emergencia desde una premisa muy particular: cuando todo colapsa, ayudar es la única opción lógica.

FUENTE ORIGINAL: CORREO DEL CARONÍ . –


Por primera vez desde que ocurrió el doble terremoto en Venezuela, tuve oportunidad de salir y conversar con Eros más de 20 minutos. Sus ocupaciones en la universidad y las labores de rescate han reducido nuestro tiempo como madre e hijo. 

El 24 de junio apenas puso a salvo a su abuela Graciela y hermano menor Aquiles, regresó al apartamento se puso los ranger, las botas, buscó agua y corrió las tres cuadras que separan el edificio donde vivimos en Los Palos Grandes, del Conjunto Residencial Las Petunias del que colapsaron dos de las tres torres que lo conformaban. Así, en medio de los gritos y el alboroto de los vecinos, descubrí la fuerza de su vocación.

Desde el 27 de junio Eros y sus compañeros no han parado y no llevan la cuenta de cuántas horas han pasado en la llamada zona cero en La Guaira. Ofrecen ayuda a vecinos y grupos de rescate, trabajan con quien los necesite. Se han quedado a dormir en campamentos y en edificios colapsados. Han sido felices por tener “arepitas” para comer, “de esas que reparten las personas que ayudan”.

Sus botas y ropa están desgastadas, una capa de polvo que no se cae con las lavadas los cubre a ellos y sus morrales, están quemados por el sol y tienen el cabello reseco. Su aspecto contrasta con su voz.

Aunque todos los días le pregunto: ¿cómo se siente?, ¿cómo le fue y cómo están sus compañeros?, siempre me contesta: “bien mamá”. No me da detalles, o muy pocos. Cómo lograron bajar, que conocieron a los topos mexicanos, qué herramientas y recursos les faltan para trabajar mejor…

Pero en esta ocasión, uno de sus compañeros nos recogió en la avenida Libertador en Chacao, nos dio “la cola” para hacer unas “vueltas” que teníamos programadas. Al terminar los invité a almorzar con la esperanza de conversar sobre sus actividades, y de repente, me di cuenta que las mamás tenemos mucho de periodistas. Y, casualmente, soy ambas.

Sentados en una esquina del casco central de Chacao, yo con un marrón enfrente, los escuchaba conversar, saltar de un tema a otro, todos relacionados con sus actividades y compañeros que están activos en diferentes zonas. Sienten que han aprendido mucho y su motivación por seguir este camino ha crecido. 

Son 15 muchachas y muchachos. Han bajado y trabajado juntos y por separado. No pierden el contacto, se cuidan y están pendientes los unos de los otros. Quieren registrar su propia brigada apenas puedan, pues la mayoría tiene experiencia porque muchos se formaron en el grupo de rescate de la universidad en la que estudian.

Los escuchaba en silencio, limitándome a hacer algunos comentarios o afirmaciones. A medida que hablaban, sus respuestas me sorprendían y me angustiaban a la vez. Hubo un momento en el que los miré y pensé: ¿de dónde vienen?, ¿son inmaduros e inconscientes o, por el contrario, almas muy sabias?

Y vino a mi memoria el poema de Khalil Gibrán: “Tus hijos no son tus hijos. Son hijos e hijas del anhelo de la vida por sí misma. Vienen a través de ti, pero no de ti. Y aunque estén contigo, no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos. Puedes albergar sus cuerpos, pero no sus almas”.

Pero sentí la urgencia de escribir sus vivencias después de escucharlos decir: “en este momento ya estamos más con las familias para ayudarlas a recuperar los cuerpos que se pueda”. Eso me cayó como un balde de agua fría.

Esa afirmación me pareció compleja y terrible, pero unos segundos después, pensé en el tono con el que fue hecha y dije para mí: es una declaración tan auténtica que es abrumadora.

Son, definitivamente, seres evolucionados y transparentes. Tan ¡absurdamente sencillos! Tan lejanos de esos cálculos y complicaciones del entorno y los prejuicios. Mi impacto fue aún mayor al darme cuenta de que uno de ellos es mi hijo. El del pelo verde, un guayanés que desde hace unos años vive en Caracas extrañando el “aguaito de pollo”.

Ese día, al salir del lugar donde comimos, les dije que quería escribir su historia. Enseguida, uno de ellos me dijo: “Tengo fotos y videos, pero no creo que sean buenos. Nos ponemos a trabajar y se nos olvida eso”. Quedamos en que buscarían el material que tuvieran para ver si servía, mientras yo me pondría a escribir y a diseñar las preguntas para ordenar la información.

Acto seguido, pasaron a otra cosa. Comenzaron a intercambiar datos sobre las opciones que tenían para volver a bajar a La Guaira. La mejor, los microbuses de un dólar -o 700 bolívares- que salen de Plaza Venezuela: tienen aire acondicionado y de regreso los dejan cerca.

Me quedé en el asiento de atrás, en silencio. Pensé: esto es increíble, me siento partida en dos. La periodista dentro de mí terminó con todas las alarmas encendidas; mientras que ellos, “los muchachos de la zona cero”, con su inmensa sabiduría, pasaron al modo “presente perfecto” en cuestión de minutos.

La gravedad de estar presentes

Me llamo Nathalia Rondón, tengo 19 años. En los días en que no estoy desplegada en el terreno, apoyo en los centros de acopio, y lo primero que pensé al sentir el terremoto fue qué estaba ocurriendo y qué podría pasarnos. Durante el evento, mi mente quedó en blanco; solo me invadía un pensamiento de terror sobre lo que nos esperaba.

Lo que me hizo ponerme las botas y querer salir a ayudar a las personas fue la incertidumbre de no saber qué ocurría fuera de mi círculo habitual o en los alrededores, y entender qué les hacía falta a los demás en lo que yo pudiera colaborar.

Los días en La Guaira eran similares entre sí, siempre nos encontrábamos con nuevos retos. Preparábamos los bolsos con lo que sabíamos que era necesario llevar: tapabocas, guantes, alcohol, nuestro equipo de protección personal y unas ganas de ayudar que nunca cesan. En lo personal, lo más duro de enfrentar fue la realidad que muchas personas estaban viviendo: buscar por sí mismas a sus seres queridos bajo los escombros y en lugares de muy difícil acceso. La falta de herramientas y de la ayuda necesaria durante los primeros días nos limitó mucho respecto a la ayuda que realmente queríamos brindar.

Cómo fue estar con esas personas es algo muy difícil de explicar. El dolor, la angustia y la ansiedad de los familiares por sacar a las víctimas de debajo de los escombros es algo desgarrador de presenciar. Muchas veces no supimos cómo tratar o abordar a los familiares, pero hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.

Lo que hace que nos mantengamos alerta y prestos a ayudar es la empatía, el dolor por lo ocurrido, el deseo de ayudar y el compañerismo que compartimos. En esta situación hoy puedo decir que a estas alturas se necesita, más que todo, maquinaria pesada, equipo de protección personal, herramientas eléctricas y plantas de luz, ya que gran parte del trabajo también se realiza de noche. Al principio de la emergencia, era de suma importancia contar con picos, mandarrias y, sobre todo, herramientas eléctricas para ser más eficientes al momento del rescate.

Me llamo Andrés Castillo, tengo 21 años. Gracias a Dios el terremoto no fue tan traumático en primera instancia para mí. Lo primero que pensé fue en el bienestar de mi familia, mi novia y amigos. En el momento en que me empecé a enterar de todo lo que pasó pensé: “Si yo estuviera pasando por una situación así con un familiar, me encantaría saber que cuento con gente dispuesta a ayudarme”. 

Lo más difícil para mí es la interacción directa con los familiares, porque el sufrimiento de ellos es tan fuerte, que pese a no ser directamente mío, lo siento. Por eso ahora la jornada se basa en bajar a La Guaira con nuestros cascos, tapabocas, guantes y otros implementos que fuimos adquiriendo con las semanas. Al llegar recorremos los lugares buscando dónde podemos apoyar a las familias, y cuando encontramos a quién ayudar, nos quedamos trabajando hasta el día siguiente para que los parientes puedan descansar un poco más en la noche. 

Considero que el momento de recuperar un cuerpo o pertenencias, es muy íntimo y doloroso. Cada uno de los familiares lo asume de una manera muy distinta. Para mí estar con ellos, que me hayan abierto las puertas a su dolor es fuerte, pero me llena de tanto orgullo poder ayudarlos, poder procurar que descansen. Los abrazos de esos parientes están llenos de agradecimiento y paz. Gracias a eso es que he podido seguir bajando a ayudar y sobrellevar el sentimiento tan fuerte.

Lo mejor es que hemos logrado hacer la diferencia para alguien, hemos podido traerle paz a una familia, descanso y un cierre. Esto para mí, es lo que me motiva a seguir bajando, poder ayudar tanto como sea posible. 

En cuanto a herramientas, gracias a Dios hemos recibido ayuda de gente que nos da herramientas y comida. Lo más vital para mí sería una linterna para el casco, me aliviaría un poco, pues tener que alumbrar con la mano me dificulta el trabajo.

Antes de esto, no sabía si quería llevar este camino por todo lo que conlleva, ahora sé que sí es lo que quiero para mi vida. Poder ayudar a tantas personas como sea posible. Hemos pensado un poco sobre el futuro, unirnos a grupos que nos han tendido la mano para poder prepararnos, formarnos. 

Al tener los conocimientos, la idea es constituir nuestra propia brigada, una que nos permita actuar, ayudar y servir a los demás con buena logística y estructura. Lo único que tengo para decirle a todos es que ayudar y servir a los demás es el motor de muchos y que, en ningún momento cambiaría el grupo con el que bajé. Cada uno de ellos tuvo un papel fundamental y estoy profundamente agradecido de llamarlos mis amigos y familia. 

Me llamo Helis Marcel, tengo 25 años. ‎Ese día lo primero que pensé fue: ¿Los míos están bien? Una vez que confirmé que mis cercanos estaban bien, ya estaba buscando el uniforme. Lo poco que supe es que habían edificios caídos y que necesitaban ayuda.

‎Hoy un día normal se basa en ir a donde necesitan ayuda, actualmente se trabaja más de noche que de día. Trabajamos con túneles, recuperación de cuerpos, rescate animal, traducción y apoyo logístico, a veces control civil. Luego de trabajar aplicamos las medidas de desinfección, y contamos los materiales y herramientas. Después empezamos a buscar información de las misiones para el siguiente día. Lo más duro es hablar con familiares que están llorando.

‎‎‎Para mí, lo más importante de equipo son las máscaras con filtro y trajes de protección biológica de cuerpo completo que lamentablemente no son reutilizables. Eso en esta etapa.‎‎

‎Yo sueño con una brigada lista para cualquier evento en cualquier momento. Una en la que no necesitemos pedir herramientas prestadas a menos que sea maquinaria pesada. Me la imagino con un equipo sólido, con efectivos entrenados para enfrentar lo peor, física y psicológicamente. Cuando todos pregunten, nosotros seremos la respuesta. A los jóvenes que quieran ayudar solo les recomiendo que no trabajen solos, que ejecuten las instrucciones sin quejas y duerman y coman bien. Un rescatista con mala salud solo nos hace peso.

Me llamo Eros Villarroel Rodríguez, tengo 25 años, y al momento del terremoto en realidad no sabía la verdadera magnitud del evento. Fue al acercarme a las zonas afectadas como el Petunia, que está cerca de mi casa y el Rita en San Bernardino, que decidí que no podía quedarme tranquilo mientras mis compañeros trabajaban y tanta gente sufría.

Ahora los días son mucho más calmados, el caos se ha disipado y existe un tipo de ecosistema sobre las ruinas donde después de la salida de los equipos internacionales, solo quedan los vecinos ayudándose entre ellos mismos para recuperar lo que pueden de sus hogares y sus familias. Lo más duro es tener que decirle a las familias que sencillamente no las podemos ayudar. Ya sea porque tenemos otras asignaciones en otros lugares o porque no tenemos las herramientas o maquinaria para trabajar.

Eso fue muy rudo. Tuvimos que decirle a muchas personas que tristemente no iban a volver a ver a sus familiares. Algunos aún tenían esperanzas, otros se habían resignado, pero eso no le quita lo difícil al momento.

A mí me mantiene en pie pensar en lo que pasan las familias y lo que pasaron las personas enterradas. Mientras yo esté bien y tenga la capacidad de ayudar, tengo que ayudar y todos tenemos que ayudar, porque esta tragedia es más grande que todos nosotros.

Yo pienso que nuestra falla como país es que hace falta una respuesta organizada de las autoridades y, como civiles y rescatistas, que tenemos que lograr seguir trabajando de forma sostenida porque la escala del daño nos impide dar una fecha de cuándo podremos dar por terminada nuestra labor. Cuando hablo de la respuesta organizada de las autoridades me refiero a que las herramientas existen, pero no las tenemos, no estamos equipados ni nosotros ni los funcionarios oficiales.

Bomberos, Protección Civil y demás, deberían tener en sus sedes esmeriles, discos de esmeriles de todos los tipos. Moto tronzadora, oxicorte y oxígeno, plantas eléctricas, herramientas de iluminación y puntales, martillos de demolición, rotomartillo, taladro eléctrico, rodilleras, coderas, máscaras, arneses y linternas. Son cosas sencillas, baratas y útiles. 

Después de la emergencia tenemos que reunirnos, analizar cómo y qué tan efectiva ha sido nuestra respuesta, qué cosas podemos incluir y cuáles hacen falta de verdad en el país y en el mundo. Con todo esto en cuenta, tomaremos la decisión de si migrar a otras brigadas o crear una propia basada en la experiencia que obtuvimos en el terremoto, que nos preparó para actuar en situaciones parecidas en el futuro. En el caso ideal, lograremos crear una brigada de rescate integral internacional que nos permita seguir brindando nuestro servicio desde nuestra experiencia y conocimientos.

El del pelo verde y los muchachos de la zona cero

La realidad de los escombros sacó a la luz una madurez silenciosa y profunda. Tanto que aún a pesar del paisaje de desolación, el olor a muerte y el peligro que implica entrar a edificaciones colapsadas a punto de desplomarse, la única opción lógica para este grupo de compañeros, es ayudar.

Que sepamos sus nombres y darles voz para que compartan sus historias en primera persona me resultó ineludible, sobre todo, para -de alguna manera- mantener el rigor periodístico de la escuela que me formó: nunca somos los protagonistas, somos los cronistas de la historia.

Al final pensé: a la madre no le alcanzará la vida para agradecer a Dios que los hijos regresen a casa todos los días, mientras ruega para que las madres que perdieron a los suyos, encuentren consuelo; porque como escribió Andrés Eloy Blanco, “cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala, todo llanto nos crispa, venga de donde venga. Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera”.

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