FUENTE ORIGINAL: YENDRI VELASQUEZ / LA GRAN ALDEA
Transformar democráticamente Venezuela también exige mirar hacia adentro: romper los pactos de silencio, acompañar las denuncias y construir organizaciones donde ninguna mujer tenga que enfrentar también a quienes deberían ser sus aliados.
“En mi trayectoria dentro de la política venezolana he sido abusada de distintas formas. En algunas ocasiones, personas de mi entorno han hecho correr rumores de que me he acostado con hombres para ascender políticamente. A su vez, he visto cómo buscan menoscabar mi capacidad y liderazgo a través de apodos ofensivos y denigrantes. En algunas oportunidades he sufrido de acoso sexual”.
Este no es un hecho aislado; es un testimonio documentado por la organización CAUCE que retrata la constante que enfrentan las mujeres militantes de partidos políticos en Venezuela.
Desde hace varios años, distintas activistas insisten en establecer protocolos efectivos para prevenir, atender y sancionar la violencia de género en partidos políticos. También se busca cambiar la cultura institucional que facilita estas prácticas. La clave es incluir a las víctimas y garantizar su seguridad.
La ola de denuncias bajo la etiqueta #YoTeCreo visibilizó la violencia sexual que atraviesa a mujeres en distintos ámbitos. Mujeres abusadas en Venezuela muestran que la política partidista no es ajena a estas dinámicas.
También dejó visible un Estado cómplice de la violencia hacia las mujeres. Las instituciones han tomado decisiones o legislado de forma performativa, sin ejecutar leyes para garantizar la vida. La seguridad y la integridad deben ser prioridades reales para todas.
Según el estudio de caso realizado en 2021 por CAUCE, el 25,8% de las mujeres políticas encuestadas afirmaron haber recibido “proposiciones, tocamientos o acercamientos no deseados de naturaleza sexual”. El informe advierte además sobre las barreras estructurales para la denuncia: “Reportar un acto de acoso o violencia puede ser traumático en sí mismo, especialmente cuando instituciones como la policía, el poder judicial, los órganos electorales o los partidos políticos no toman en serio el fenómeno de la violencia hacia las mujeres en política. De ahí la importancia de que el trabajo de sensibilización no se dirija solamente a las militantes, sino a las diferentes instituciones de las que forman parte”.
De cara a una necesaria erradicación de la violencia hacia las mujeres debemos mirar hacia adentro. Aunque hoy existen importantes vocerías de mujeres, la toma de decisiones y el poder real en los partidos continúan hegemonizados por hombres. Para garantizar un proceso de cambio real, es indispensable desarticular lo que la teoría feminista denomina los «pactos de silencio» o complicidad masculina: la tendencia entre pares hombres a encubrir, justificar o restar importancia a los abusos cometidos por otros hombres dentro de la misma causa o militancia.
Romper con esto exige hacernos una pregunta incómoda: ¿es posible que el compañero con quien fundaste el partido o compartes años de lucha sea un agresor?
Frente a esta interrogante suele surgir el repliegue defensivo del “no todos los hombres somos así”. Sin embargo, el debate no radica en catalogar la moral individual de cada hombre, sino en asumir la responsabilidad colectiva. No todos los hombres ejercen agresión física o verbal de forma directa, pero casi todos hemos participado en prácticas que la facilitan: guardar silencio ante un rumor malintencionado, minimizar una denuncia para “proteger la unidad del partido” o calificar de “exageradas” las demandas de nuestras compañeras. La neutralidad en estos casos no es neutral: es complicidad.
No se puede validar las prácticas machistas en la vida interna de las organizaciones. Revertir la violencia política basada en género requiere que los hombres no solo dejemos de violentar, sino que nos convirtamos en agentes activos de desmantelamiento de esa impunidad y que cuando esos mismos hombres ocupen los espacios de gobierno democráticos se ejecuten leyes y políticas con fundamento en la dignidad y derechos de las mujeres.
Como concluye otro testimonio recogido por CAUCE:
Para el mundo político agresivo que vivimos, ser mujer es toda una aventura.
Además, vivir con el señalamiento de muchos sobre tus decisiones personales y ser amenazada por tu pareja por hacer política, es nuestro día a día.
No solo nos enfrentamos a nuestro adversario político, sino también a nuestros «aliados».
Basta querer tomar iniciativas para que ellos se sientan aludidos.
En Venezuela no hay cultura de igualdad de género; Mujeres abusadas en Venezuela requieren atención.
No habrá un cambio genuino ni reconstrucción institucional sostenible si la política venezolana se sigue construyendo sobre la exclusión y el silenciamiento de las mujeres a través de la violencia. Compañeros: la transformación democrática del país empieza por la transformación ética dentro de nuestros espacios.




