Una pandemia que no se cura: la violencia, el machismo y la discriminación

Gabriela Buada Blondell / El Diario

“La mujer debe cuidar que no se acerque el virus al hogar”. Una frase que escuché hace poco y que, aunque no me impresionó la carga violenta y machista de quien la mencionó, me movilizó a reflexionar y a continuar en la búsqueda de esas acciones que suman voluntades para desmontar discursos que todavía hacen mucho daño y que pocos entienden que nos ponen en riesgo una y otra vez.

Son muchísimas las definiciones de machismo que podemos conocer, leer o incluso crear según nuestra propia experiencia de vida. Sin duda, la definición del machismo en época de pandemia no deja de llamar la atención porque, aunque creamos que no existe, se profundiza en nuestra nueva normalidad. Ahora, bien si el machismo es una ideología que considera a la mujer un ser inferior en uno o varios aspectos con respecto al hombre y que se basa en un conjunto de creencias, prácticas sociales, conductas y actitudes que promueven la negación de la mujer como sujeto; entonces nos puede resultar fácil identificar lo que ha estado ocurriendo en muchos hogares en medio del confinamiento. Sin duda, no se trata hablar solo de las luchas feministas y de lo bonita que es la sororidad; la verdad es que debemos hacer algo para darle un alto contundente a tanta desigualdad.

Seguimos marginadas, excluidas y pisoteadas. En siete meses de pandemia los testimonios que he conocido dan cuenta que la violencia doméstica aumenta sin parar. También la laboral y mediática, pero es la de género la que pareciera no terminar. La violencia que no termina en la cuarentena, la violencia que no se diluye con alcohol pero que debemos denunciar y además prepararnos para prevenirla.

Las medidas de confinamiento y de prevención del virus están generando un impacto negativo en la seguridad de las mujeres ya que esto puede aumentar los comportamientos de control de los maltratadores. En el área laboral es propicio detenernos a pensar en quienes podemos seguir nuestras actividades desde casa, pero enfrentándonos a una emergencia humanitaria compleja que pareciera no tener fin. Atender a los niños, ayudarles con las tareas, mientras debemos abandonar el teletrabajo porque falla la luz, no hay agua o simplemente no tienes Internet. Las barreras son cada vez más cuesta arriba y quienes cambiaron sus actividades para generar ingresos en confinamiento seguro la primera opción es la cocina, repostería o incursionar en OnlyFans.

La situación sanitaria ha agravado los niveles que alcanza la violencia contra las mujeres en sus propias casas, que es en dónde más seguras deberíamos estar. Y no solo se trata de violencia física, sino también de maltratos psicológicos y verbales, abusos de todo tipo, pero los emocionales y financieros suelen ser los más comunes. Sin dejar de mencionar la distribución inequitativa de las labores domésticas y de cuidado, comportamientos controladores. No se trata de victimizarnos, se trata de no normalizar lo que está ocurriendo para poder encontrar una solución.

Venezuela continúa sumergida en una crisis de derechos económicos, sociales, culturales y ambientales que en pandemia profundiza las desigualdades. Vemos, además que, en el aislamiento familiar y social, el acceso a los sistemas de protección, seguridad y apoyo es limitado. Las organizaciones que trabajan orientando y asistiendo a mujeres que viven en contexto violento, en su mayoría no cuentan con apoyo gubernamental, económico o ni siquiera saben dónde están las casas de abrigo que pueden proporcionar seguridad y resguardo a estas víctimas. Se nos hace un nudo en la garganta decirles a estas mujeres que no hay un lugar donde puedan estar a salvo, que la Defensoría del Pueblo y que el Ministerio Público no van a responder porque están ocupados sembrando pruebas de magnicidios.

Los episodios de violencia machista al interior de los hogares se han multiplicado dejando en evidencia, la realidad que enfrentan las mujeres: la de la desigualdad estructural, basada en un sistema de dominación masculina que se expresa y se perpetúa, a través de la violencia. En Venezuela no contamos con cifras, lo que hace más difícil determinar la dimensión de un problema que nos arropa en todos los aspectos. 

Tampoco podemos pasar por alto a esas mujeres que sin duda son más vulnerables que otras, las indígenas, trans, con alguna discapacidad, las que viven con una condición de salud preexistente, las mayores de 70 años o simplemente las que son discriminadas y estigmatizadas. Imaginemos por un momento lo que sucede en las comunidades que habitan si llegan a contraer el virus.

La falta de acceso a métodos anticonceptivos o de higiene menstrual que también suele ser un problema diferenciado. Priorizar entre comer, que coman los hijos y el marido antes que decidir qué hacer con su cuerpo y/o con la sexualidad.

Los medios de comunicación tienen la labor fundamental de contar estas historias de manera correcta y pertinente, sin menospreciarlas u opinar. Investigando dónde podemos acudir y sobre todo apoyar en la prevención. La ausencia de campañas informativas, datos y estadísticas que demuestren el grave problema que enfrentamos en materia de género debe ser combatida con mensajes de contención, alertas y sobre apoyo para quienes ni siquiera saben que se les está vulnerando sus derechos. El momento es ya, no es asunto para después que cambie el sistema o un cambio de gobierno. Es conciencia ciudadana que nos debe movilizar.

La Pandemia de la Violencia tiene Rostro de Mujer es un taller que realiza Caleidoscopio Humano desde el 31 de agosto con la finalidad de ofrecer herramientas a periodistas, comunicadores, estudiantes y a todas las personas que les interese comunicar con lentes de género, sin discriminación ni estigmatización para así aportar en materia de prevención. Los tres módulos están disponibles todo este año a través del aula virtual de la organización. Si deseas unirte a la iniciativa escríbenos a [email protected] estas a tiempo de crear conciencia.

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