“Tener covid en Maracaibo pega más que en otra parte del país”

Fuente: Crónica Uno

El covid en Venezuela representa un gasto enorme y un sinfín de problemas por solucionar pero quienes viven en el interior del país son quienes más sufren estas circunstancias


El pasado 24 de mayo el gobernador del estado Zulia dijo que la capacidad del Hospital Universitario de Maracaibo estaba copada debido a los contagiados de covid. La presidente del Colegio de Médicos del estado, Dianela Parra, ya había alertado sobre el colapso del centro de salud centinela y calificó de “incontrolable” la situación. Ronald Briceño es uno de los tantos marabinos que prefirió atender su enfermedad en casa para evitar la muerte.

Maracaibo. El 20 de mayo al despertar, Ronald Briceño, de 35 años de edad, sintió que le pesaba el cuerpo. Pensó que era cansancio acumulado por la semana y sin mayor preocupación se alistó para irse al trabajo, pero por la tarde, el gerente de ventas tenía fiebre alta. Al llegar a casa se tomó una pastilla, un té y se dispuso a descansar con la esperanza de que para el fin de semana estaría mejor. “Seguro estoy resfriado”, se dijo. Nunca le pasó por la mente que fuera covid.

Todos los días solía despertarlo el olor a café que prepara su hermana, pero ese viernes fue diferente. No percibió el aroma. “¿Será que Mercedes no hizo café hoy?”. Ronald se bañó con dificultad, recuerda que le dolía cada músculo del cuerpo. Una vez listo se fue a la cocina y al primer sorbo de café se dio cuenta de que había perdido el gusto y el olfato.

Me asusté mucho, sobre todo por mi hermana y mis sobrinas. Así que avisé en el trabajo y comencé el peregrinar para hacerme la prueba. Pensé que iba a ser más fácil, pero no lo fue y eso lo confirmé cuando en cuatro centros de diagnóstico integral la respuesta fue la misma: ‘aquí no hay PCR, mijo, tenéis que ir al universitario’. No lo podía creer”.

Al mediodía Ronald logró llegar a la Sanidad en el centro de Maracaibo. Después de esperar varias horas le hicieron la prueba de hisopado, pero el personal le advirtió que su resultado estaría listo en 20 días y debía chequearlo ingresando su número de cédula en la página del Ministerio de Salud. “Yo pensé: en 20 días puedo estar muerto. Tengo que buscar otra manera”.

Relató que: “La última opción era una clínica porque, aunque te entregan de una vez el resultado, debes pagar entre 60 y 80 dólares que no tenía en ese momento”.

Así que al día siguiente se fue al Hospital Universitario de Maracaibo. “Me dijeron que las 20 pruebas que hacen a diario eran para el personal médico. Si quedaban, me la hacían. Me la hicieron, pero el resultado me lo daban al otro día, así que me fui”, contó.

«¡Ronald Medina!”, gritó una enfermera con una hoja en la mano. “Suerte”, dijo. Efectivamente, Ronald tenía COVID-19. “Me quedé paralizado, en shock”.

Unos minutos después la realidad lo sacó de su letargo. Una mujer pegaba gritos en admisión porque su familiar había muerto. Ronald estaba sentado frente a la oficina donde entregan las actas de defunción en el HUM.

«En el rato que estuve sentado ahí conté más de 20 personas en la cola para que les entregaran el fulano papel, todo bajo el escenario de gritos y llanto. Pareciera que cuando les entregan el acta, caen en cuenta de que de verdad murió su ser querido y se desesperan. Lo increíble de esto es que esas cifras no aparecen en los boletines nacionales, porque ponen como causa de muerte otras cosas, infartos o complicaciones por neumonía”, reveló.

El pasado 10 de mayo la presidenta del Colegio de Médicos del estado Zulia, Dianela Parra, fue tajante: “El hospital está absolutamente colapsado”. En una entrevista de radio hizo referencia a que el personal ya no daba abasto.

«“Se han hecho muchos esfuerzos, pero la situación es incontrolable por la cantidad de casos que hay. Los pacientes tienen que llevar todo, desde los medicamentos hasta los reguladores de oxígeno”, dijo.

Ronald agarró fuerza para salir, pero antes de abandonar el edificio azul tuvo que pasar por lo que llama el “corredor de la muerte”.

Confesó: “Imagínate, te van diciendo que estás positivo y ves la emergencia colapsada. Todos gritaban porque se había acabado el oxígeno, los pacientes se estaban ahogando y los médicos corrían de un lado a otro. Dos personas estaban muertas en una camilla tapadas con una sábana; apreté el paso y salí corriendo de ahí, eso me impactó psicológicamente. Me dejó medio jodido de la cabeza”.

El gerente criticó: “Se supone que la gente va para allá porque los van a atender, pero una doctora me dijo: ‛mijo, anda vete para tu casa, busca un médico que te atienda, así sea pago, porque aquí no hay nada y menos personal, ya no damos abasto’. A las enfermeras y los doctores se les ve el cansancio físico y espiritual en los ojos. Yo de verdad los admiro porque estar en medio de ese caos es muy difícil”.

Lo que menos quería Ronald era volver, así que llamó a su familia para contarles y decidió aislarse.

“Hace unos meses un vecino se fue del país y dejó su casa al cuido de mis padres, así que me interné ahí para cumplir con el tratamiento. Mis padres son mayores y a casa de mi hermana no podía volver”, explicó.

El pasado lunes 24 de mayo, Omar Prieto, gobernador del Zulia, dijo que la tasa de ocupación en el HUM estaba “copada”, pero aclaró que en las próximas 48 horas habilitarían otros pisos “sin problemas”. El Hospital Universitario es el principal centro de salud centinela en la entidad, seguido del Hospital Chiquinquirá.

El gobernador también dijo en ese momento: “Todavía no hay la necesidad de abrir clínicas sanitarias, ni habilitar los Pasos de Atención Social Integral (PASI), porque desde el Gobierno tenemos suficientes camas para ocuparse, ya se han habilitado diez Centros de Diagnóstico Integral”.

Las cifras para ese lunes reveladas por Prieto eran de 475 pacientes hospitalizados en el HUM, 23 en el hospital Chiquinquirá, 11 en el Noriega Trigo, 14 en el hospital Santa Bárbara, 87 en los CDI y 25 en clínicas privadas.

Tratamiento en casa

Sin más opciones, Ronald buscó un médico privado. Un neumólogo que de inmediato le mandó a hacer los exámenes correspondientes: placa de tórax y hematología para evaluar su condición. Después de pagar 50 dólares por la consulta, 150 dólares en total hasta ahora y unos 40 dólares más por los exámenes, el galeno le puso tratamiento.

La lista era larga. Ibuprofeno, Acetaminofén, Ivermectina, Dexametasona, Azitromicina, Favipiravir y una serie de vitaminas encabezaban el tratamiento básico. Solo en casa, Ronald comenzó a preparase para combatir la enfermedad.

“Le pedía a Dios no ser parte de las estadísticas, que me salvara y me diera fuerzas para afrontar todo lo que viniera”.

Con unos pocos ahorros y la ayuda de sus primos en el exterior, completó la primera parte del tratamiento, sin embargo, tuvo que hacer colas de hasta tres horas en los bancos para conseguir bolívares en efectivo para los pasajes y recorrer varias farmacias en busca de la mejor oferta.

“Yo sabía que teníamos una economía dolarizada, pero jamás imaginé que a este punto. Hay exámenes que tienes que pagarlos en dólares obligado porque sencillamente el bolívar no les sirve. Igual pasa en las farmacias, por ejemplo, el Favipiravir cuesta 150 dólares y hay que pagar al menos la mitad con verdes, si no, no te lo venden”, dijo.

Ronald ya tiene tres semanas encerrado completamente solo en una casa extraña, tratando de cumplir al pie de la letra el tratamiento y saliendo lo estrictamente necesario para hacerse los exámenes. Dice que cada vez que la mente lo quiere traicionar recuerda lo que su médico le dijo.

“Muchacho, esta enfermedad es 70 % física y 30 % mental. Si te ponéis a pensar mucho, te morís”. Así que trata de distraerse viendo películas y escuchando música, pero reconoce que no es sencillo.

«Gracias a Dios ya estoy en la segunda fase del tratamiento, recuperándome y lo más importante es que no he necesitado oxígeno. Esta semana me tenía que hacer la prueba poscovid, pero será la semana que viene, porque me quedé sin dinero y cuesta 35 dólares”.

En el Zulia pega más el covid

Tener COVID-19 en el estado más golpeado por la crisis es una carrera contra el tiempo de la que muchos no logran librarse. Las fallas eléctricas siguen afectado a la población, incluyendo los hospitales, donde la mayoría de las veces las plantas eléctricas fallan, además de un servicio de agua por tubería deficiente, la paralización de 90 % del transporte público por falta de gasolina y la especulación agigantada en la venta de alimentos de primera necesidad y medicinas.

Hoy, Ronald se siente vencedor de todas esas dificultades que afronta su ciudad. Aunque dice desconocer la realidad de otros estados, comentó: “Tener covid aquí es arrecho, tenéis un pie en el cementerio y otro de este lado. No es solamente si tenéis cobres, es si podéis alimentarte bien mientras estáis enfermo, si te podéis mover. Es si tenéis suerte, si papá Dios no te quiere todavía allá arriba, más nada”.

Y agregó: “Entonces te cortan la luz seis horas, el agua que llega por la tubería parece barro y eso es una bomba de tiempo. Todo es dinero, en los CDI no hay nada ni nadie que te auxilie, por eso uno está obligado a pagar su recuperación. Solo espero que cuando salga de aquí ya mis viejos se hayan vacunado, porque esto es una lotería”.

Antes de culminar, Ronald confesó que lo que más le duele es mentirle a su hijo de 8 años de edad.

“Yo lo llamo todos los días, y mi niño de lo único que habla es del COVID-19, su abuela materna murió por eso y también varios amigos. Es increíble como mi hijo ya relaciona el covid con la muerte, dice que a la persona que le da, se muere de una vez. Por eso, me resisto a decirle que su papá tiene esa enfermedad, no le quiero causar un trauma y mucho menos que llore por mi culpa”, dijo Ronald antes de colgar el teléfono.

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