Como víctimas, familiares de víctimas y ciudadanos comunes, no tenemos por qué poner nuestras esperanzas en una Ley de Amnistía como si fuera la llave de las celdas. Sabemos que no lo es y que muchos presos han salido sin leyes ni consultas que alarguen el sufrimiento de los presos.
Porque esto no es un problema jurídico. No es un problema de redacción y tampoco es un debate académico.
Esto es un problema de rehenes.
Ya lo hemos visto demasiadas veces: anuncian leyes, prometen gestos, abren consultas, hacen ruido… y mientras tanto siguen escogiendo quién sale y quién se queda, quién les sirve, quién les estorba y quién les da miedo.
Por eso hay que negarse a caer en la trampa de siempre: ponernos a discutir si la ley es “buena o mala”, si incluye esto o excluye aquello, si falta una coma o un artículo. Esa discusión, en este país, no es inocente: es un mecanismo para retrasar, dividirnos y agotarnos. Sobre todo es un mecanismo para controlar la narrativa y apaciguar las demandas de la población.
Porque cuando nos ponen a escoger un mal menor, terminamos diciendo barbaridades como: “hay presos que sí merecen estar presos, pero el mío no”. Y así se va dejando gente olvidada, cuando esto no es una competencia entre presos y los carceleros siguen manteniendo el poder de oprimir a quienes desee.
No. Aquí nadie debería estar preso por pensar distinto. Aquí nadie debería estar desaparecido, torturado, aislado ni enterrado en vida.
Además, hay algo que no podemos olvidar: ya han demostrado que pueden liberar gente sin ley. Lo han hecho antes. Lo pueden hacer esta noche. Lo han podido hacer desde la primera semana.
Entonces que no nos vendan esto como si fuera un camino inevitable, lento, técnico y burocrático. Porque no lo es. Es comprensible que los juristas, los defensores de derechos humanos y las organizaciones sociales hagan lo posible por pelear las mejores condiciones para todos. Ese es su mandato y es su trabajo, pero ya vemos que lo propuesto en el papel excluye a personas que deben estar libres, y los proponentes nos quieren meter en esos callejones de exclusiones.
Esto no depende de un texto: esto depende de una orden política que han seguido retrasando con excusas falsas.
Y mientras inventan excusas, la gente sufre. Las familias se desgastan. Los días pasan. Los rehenes siguen encerrados. Los enfermos no mejoran y pierden días que podrían estar acompañados de los suyos. Eso es cruel.
Desde hace semanas se están aprovechando del desespero: nos ofrecen migajas como si fueran conquistas, nos administran la esperanza como si fuera un favor, y pretenden calmarnos por unos días mientras mantienen a otros presos como rehenes y como castigo ejemplar.
El temor que tenemos es simple y brutal: que dejen por fuera a muchos. Que excluyan militares presos. Que excluyan a empleados públicos y otras personas que no quieren considerar presos políticos, pero que lo son. Que excluyan a sus “trofeos”. Que sigan usando vidas humanas como fichas.
Porque en paralelo ocurre otra cosa: no se arregla nada cerrando El Helicoide como símbolo si lo que hacen es trasladar a la gente a otra cárcel y dejar intacta la maquinaria que secuestra, tortura y amenaza. En Venezuela hay presos políticos en más de 90 centros de reclusión. Incluso hay centros de tortura clandestinos donde mantienen gente en desaparición forzada.
Así que no se trata de un edificio. Se trata del aparato represivo entero.
Por eso toca decirlo claramente: Hay que reclamar con o sin ley, con o sin consulta, con o sin liberaciones parciales. Se ha logrado mucho con el reclamo de los manifestantes y la presión de los Estados Unidos junto a otros países. Porque ya se sabe que no saldrán todos los presos si dejamos que el poder dicte el ritmo y calme las exigencias creando comisiones de burócratas o llamando a reuniones que buscan una limpieza reputacional de su título de perpetradores.
Nuestros dilemas no deben ser “cómo” los liberan ni cómo está escrita una ley mal hecha. Que ese problema lo tengan ellos.
El deber nuestro es uno solo: exigir los resultados. Libertad total y el fin de los procesos judiciales. Sin exclusiones. Sin rehenes y sin domesticar a nadie.
Que dejen de intentar comprarnos, cooptarnos o calmarnos mientras extienden su injusticia unos días más. No tenemos que aceptar los calendarios del verdugo. Tampoco hay que aceptar las excusas nuevas. Mucho menos las migajas de su nuevo reparto de poder.
La libertad no es un favor. Es una obligación. Y hasta que estén libres todos, lo único decente es insistir y reclamar que no quede nadie atrás




