Lucía Ramirez / Caleidoscopio Humano
Fanny es uno de los rostros invisibilizados que sufre la violencia política de manera diferenciada
Fanny Zulay Lozada Mata, de 63 años, se paró frente a las cámaras con el peso de seis meses de silencio acumulados en la garganta. Esa mañana de martes, su voz era lo único que le quedaba para buscar a su hija, Aliannis Brigitte Araujo Lozada, de quien no sabía nada desde que el Estado se la llevó aquel 3 de agosto en una avioneta que iba de Güiria a Caracas.
De acuerdo con la acusación, Aliannis estaba implicada en un “caso de terrorismo”, que se llevaría a cabo en el mes de agosto de 2025, e incluía la colocación de artefactos explosivos en las cercanías de Plaza Venezuela, en la ciudad capital.
Fanny habló, denunció y gritó, hasta que su cuerpo – el mismo que resistió allanamientos, golpes y el encarcelamiento de 14 integrantes de su familia – simplemente no pudo más. El desmayo de la mujer frente a medios de comunicación y personas de la sociedad civil que asistieron el martes, 3 de febrero a la Universidad Central de Venezuela (UCV) para exigir libertad para los presos políticos del país, fue el desplome de una madre que ya había cargado demasiado.
Lo que Fanny no sabía en ese momento de oscuridad, es que su colapso sería el detonante: Esa misma tarde, cerca de las 5:00 p.m., una llamada desde el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), la cárcel de mujeres, en Los Teques, rompió medio año de incertidumbre: Aliannis estaba allí, viva.
Sippenhaft como castigo
El caso de la familia Araujo Lozada es una radiografía moderna del Sippenhaft, un término de origen germánico que describe el castigo colectivo a toda una familia por los supuestos actos de uno de sus integrantes.
10 familiares fueron arrestados en Santa Teresa del Tuy, y otros cuatro en el oriente del país. No hubo pruebas individuales, solo el vínculo de sangre.
Tras el allanamiento con 38 patrullas y dos tanquetas, la familia fue dispersada por destinos que fueron distintos: Al pequeño Ángel, de 10 años, lo llevaron junto a su tío Argenis (56) al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) de Santa Teresa del Tuy, en los Valles del Tuy, mientras que en Los Teques fueron recluidos los otros cuatro menores de edad: Valentina, Valeria, Santiago y Alexandra.
El Rodeo fue el destino final para los adultos, Fanny, Vicni y Widerman, quienes compartieron el calvario con el adolescente Moisés, de 16 años.
«Me metieron dos perros para revisar el apartamento. Voltearon todo en búsqueda de algo que nunca supe qué era», recuerda.
El horror en el cuerpo de los niños
El dolor de Fanny tiene un eco especial cuando habla de su nieto Moisés. Mientras a Santiago le daban «lepes» en la cabeza cuando estaba en “una quinta” ubicada en Los Teques. Al resto, solo los presionaban con preguntas relacionadas con Aliannis.
En cambio a Moisés lo quebraron por dentro en El Rodeo. «Mi niño dice que le amarraron una colchoneta, le taparon los ojos, lo guindaron de las manos y le dieron golpes en las costillas». Hubo descargas eléctricas y bolsas en la cabeza para asfixiarlo.
Fanny también lleva las marcas de la violencia, puesto a que en la sede del Cicpc, en la avenida Urdaneta, un funcionario le dio varios golpes con la mano abierta en su cabeza. En El Rodeo, no la maltrataron físicamente, pero a ella y a su hija Vicni, las hicieron olvidar su dignidad, que durante su estadía en la cárcel, se vistió de azul.
«Llegó una autoridad y dijo que de ahora en adelante tendríamos que evacuar y orinar en la habitación en un hueco que es como una cañería», detalla.
Nunca pudieron verle la cara a ese hombre. Cuando se dirigía a ellas, las obligaba a ponerse de espaldas contra la pared cada vez que él hablaba.
Caída a ciegas
El día que la «liberaron», la humillación no terminó. Le entregaron la ropa con la que la habían detenido el 4 de agosto, una ropa que olía mal y que le devolvía el recuerdo del allanamiento. Encapuchada y esposada en una tanqueta, Fanny empezó a temblar por el miedo de imaginar dónde estaba su nieto Moisés, hasta que escuchó la voz que decía: «Abuela, quédate tranquila. Estoy aquí».
Antes de salir, los hicieron leer un compromiso de silencio que les impedía contar lo que había ocurrido. Minutos después, un hombre con la cara cubierta, le preguntó si sabía por qué estaba allí. «Sí, por ser la mamá de Aliannis», respondió.
Al bajar, todavía encapuchada, con las manos presas y temblorosas, Fanny advirtió: «Creo que me voy a caer». Nadie la sostuvo. Se golpeó la cabeza contra el pavimento, en donde quedó tendida sin poderse levantar.
A ella y a sus otros parientes los dejaron en el terminal de La Bandera, sucios y «como locos», con la advertencia de que si hablaban, «les iría peor»
Un hogar de sombras
Hoy, la casa de Fanny es un mapa de secuelas. Ángel (10), que antes dormía en el pecho de su mamá, ahora es un niño que a veces se torna “agresivo” y se angustia si su abuela sale de casa.
Alexandra (13) llora desde Chile en cada videollamada, y Moisés (16) se ha hundido en un silencio que a veces la asusta.
Fanny tuvo que desmayarse frente al mundo para que el Gobierno le diera una fe de vida de su hija.
«Tuve que pararme a gritar para que mi hija apareciera», dice hoy con la mirada cansada pero firme, sobre un hecho que casi no recuerda y que la llevó a pasar mediodía en el Hospital Clínico Universitario, en la UCV y que según los médicos del área de emergencia, la hicieron perder “por unos segundos” la visión..
Tras seis meses de tortura y separación, Fanny Lozada solo tiene un deseo: que el próximo encuentro con Aliannis no sea a través de una llamada ni en el penal en donde tendrá posibilidad de visita en los próximos días.
“Ojalá y no tengamos tiempo de ir, sino que nos reunamos aquí, en nuestra casa”, manifiesta.
Fanny es uno de los rostros invisibilizados que sufre la violencia política de manera diferenciada. Alzó su voz y mostró que el silencio nunca es opción cuando existe la injusticia, la indolencia y las violaciones de derechos humanos.




