En el ámbito humanitario, las palabras importan. El lenguaje que utilizamos para analizar riesgos, dialogar con gobiernos o diseñar proyectos influye en la manera en que entendemos los problemas y sus soluciones. Uno de los ejemplos más claros es el uso extendido del término “desastre natural”. Aunque forma parte del lenguaje cotidiano, esta expresión es técnicamente imprecisa y puede influir en cómo asumimos responsabilidades, planificamos intervenciones y reducimos riesgos.
Amenaza no es lo mismo que desastre
Los desastres nunca son naturales. Lo que puede tener un origen natural es la amenaza, como un huracán, un terremoto, lluvias intensas o una sequía. Sin embargo, estos fenómenos, por sí solos, no constituyen un desastre.
Pensemos en una lluvia torrencial que cae sobre una zona despoblada o sobre el océano. Probablemente pase inadvertida. Esa misma lluvia puede convertirse en un desastre si afecta a una ciudad o a una comunidad asentada en una zona vulnerable. La diferencia no está en la lluvia, sino en las condiciones de exposición y vulnerabilidad.
Un desastre ocurre cuando una amenaza interactúa con personas, comunidades o infraestructuras expuestas en contextos donde existen vulnerabilidades preexistentes y capacidades limitadas para responder. Esta perspectiva, compartida por la OIM, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) y otros actores del sistema internacional, pone de relieve la importancia de utilizar un lenguaje preciso para comprender mejor los riesgos y orientar acciones más efectivas.
Para la OIM, esta distinción también es fundamental para entender la movilidad humana. La migración y el desplazamiento no son consecuencia de desastres “naturales”, sino de los impactos que generan las amenazas cuando afectan a comunidades expuestas y vulnerables. Esta comprensión resulta especialmente relevante en contextos donde las amenazas climáticas influyen cada vez más en los patrones de movilidad humana.
La diferencia no es solo semántica. Hablar de “desastres naturales” transmite una idea de inevitabilidad y puede diluir la responsabilidad humana. En cambio, reconocer que los desastres son el resultado de la interacción entre amenazas, exposición y vulnerabilidad pone el foco en aquello que sí puede transformarse: la planificación territorial, el uso del suelo, la protección ambiental, la inversión en prevención, las medidas de adaptación, el fortalecimiento de capacidades y los sistemas de preparación.
Comprender el riesgo para reducirlo
Desde el enfoque de la reducción del riesgo de desastres, el riesgo surge de la interacción entre la amenaza, la exposición y la vulnerabilidad. La amenaza es el fenómeno con potencial de causar daños; la exposición se refiere a las personas, infraestructuras y medios de vida que pueden verse afectados; y la vulnerabilidad comprende las condiciones que aumentan la probabilidad de sufrir pérdidas y daños.
Aunque muchas amenazas no pueden evitarse, la exposición y la vulnerabilidad sí pueden reducirse mediante decisiones informadas, como una mejor planificación territorial, normas de construcción resiliente, acceso a información, sistemas de alerta temprana y el fortalecimiento de capacidades locales.
Por ello, el riesgo puede aumentar o disminuir en función de nuestras acciones o de nuestra inacción. Medidas de preparación, reducción del riesgo y acción temprana pueden contribuir a proteger vidas, medios de subsistencia e infraestructura antes de que ocurra una emergencia.
El riesgo tampoco afecta a todas las personas por igual. Las poblaciones en situación de pobreza o exclusión, incluidas las personas migrantes y desplazadas, suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad y menores capacidades para recuperarse. Como consecuencia, un desastre puede profundizar desigualdades existentes y dificultar la recuperación y el desarrollo sostenible.
La reducción del riesgo de desastres se traduce en acciones concretas antes de que ocurra una emergencia. En Haití, por ejemplo, la OIM promovió soluciones de vivienda más seguras y sostenibles mediante materiales de construcción elaborados a partir de plástico reciclado. La iniciativa combinó investigación, fortalecimiento institucional y gestión ambiental para reducir la exposición a amenazas climáticas, sísmicas y ciclónicas, integrando la reducción del riesgo de desastres, la adaptación al cambio climático y la gobernanza de la migración.
No todas las amenazas tienen un origen natural
Además de las amenazas hidrometeorológicas y geológicas, existen amenazas biológicas, como epidemias y pandemias; amenazas de origen social, como los conflictos armados, la violencia o la criminalidad organizada; amenazas ambientales, como la degradación de los ecosistemas; y amenazas tecnológicas, como fallas en sistemas eléctricos o ciberataques.
Con frecuencia, estas amenazas interactúan entre sí y generan escenarios de riesgo cada vez más complejos. Por ello, utilizar definiciones comunes y clasificaciones actualizadas facilita el análisis, la planificación y la coordinación entre instituciones.
Del riesgo a la acción
Reducir el riesgo de desastres implica actuar durante todo el ciclo de gestión del riesgo: prevenir la generación de nuevos riesgos, mitigar sus posibles impactos, fortalecer la preparación, responder de manera oportuna y promover una recuperación que reduzca la vulnerabilidad frente a futuras amenazas y fortalezca la resiliencia de las comunidades.
Estas etapas forman parte de un proceso continuo e interdependiente. Un enfoque integral no solo mejora la respuesta ante las emergencias, sino que evita que el desarrollo reproduzca o amplifique riesgos existentes.
La experiencia de la OIM en Jamaica es un ejemplo de ello. Allí, la Organización apoyó al Gobierno para incorporar a las personas migrantes en la gestión del riesgo de desastres mediante la evaluación de vulnerabilidades, el fortalecimiento de sistemas de alerta temprana accesibles y la capacitación de autoridades nacionales y locales. Estas acciones contribuyeron a fortalecer la preparación, la respuesta, la recuperación y la resiliencia de las comunidades.
Pensar desde el riesgo, no desde el evento
El fenómeno no es el problema en sí mismo; el riesgo es lo que determina su impacto.
Comprender la amenaza, identificar quiénes y qué están expuestos, analizar las condiciones de vulnerabilidad y reconocer las capacidades existentes permite diseñar políticas, programas e intervenciones más eficaces de prevención, mitigación y preparación. También implica utilizar un lenguaje coherente con el enfoque de reducción del riesgo de desastres y evitar el uso del término “desastre natural”.
El lenguaje como herramienta de cambio
Adoptar una terminología precisa no es un ejercicio académico. Es una herramienta que fortalece la calidad del análisis, mejora la planificación y contribuye a diseñar respuestas más eficaces.
Como actores humanitarios, también tenemos la responsabilidad de impulsar este cambio desde nuestras propuestas, informes y comunicaciones. Entender que los desastres no son naturales significa reconocer que gran parte de sus impactos pueden reducirse mediante decisiones informadas, inversiones sostenidas y acciones coordinadas para disminuir la vulnerabilidad, fortalecer la resiliencia y mejorar la capacidad de adaptación frente a futuras amenazas.
En este con texto, las Conferencias de las Partes sobre el Cambio Climático (COP) representan un espacio clave para impulsar el diálogo y la cooperación internacional en torno a la adaptación, la resiliencia y la reducción del riesgo. A medida que las amenazas climáticas influyen cada vez más en las personas y sus patrones de movilidad, estos procesos contribuyen a promover soluciones que ayuden a reducir vulnerabilidades y fortalecer la capacidad de respuesta de las comunidades.
En resumen
¿De qué se trata?
Explica por qué los desastres no son “naturales” y cómo el lenguaje influye en la comprensión y gestión del riesgo.
¿Por qué es relevante?
Porque utilizar una terminología precisa ayuda a orientar mejores decisiones de prevención, preparación y respuesta.
¿A quién le interesa?
A profesionales del sector humanitario y del desarrollo, autoridades, formuladores de proyectos, comunicadores y cualquier persona interesada en la gestión del riesgo de desastres.
Tres ideas clave
- Una amenaza no es un desastre; el riesgo surge cuando interactúan la amenaza, la exposición y la vulnerabilidad.
- Reducir el riesgo y fortalecer la resiliencia ayuda a disminuir los impactos de las amenazas sobre las personas y las comunidades.
- Utilizar un lenguaje preciso mejora la comprensión del riesgo y favorece acciones más eficaces de prevención, adaptación y preparación.




