Las personas damnificadas, luego del doblete sísmico del 24 de junio, se encuentran hacinadas en carpas y en salones en el Parque del Oeste Alí Primera, ubicado en la avenida Sucre. Muchos esperan colchones y sábanas. Y aunque hay un despliegue de ayuda reina la confusión y la desesperación.
Caracas. Desde la acera una multitud observa en silencio a través de las rejas. Adentro, el Parque del Oeste Alí Primera, ubicado en la avenida Sucre, se ha transformado en un campamento improvisado que desborda humanidad y carencias. Decenas de personas se aglomeran en carpas, se tienden en colchones sobre la grama o caminan de un lado a otro con una doble urgencia: esperan ayuda y un techo bajo el cual dormir.
Son los refugiados de los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que el 24 de junio pasado causaron destrozos en la Gran Caracas y La Guaira.
Para el domingo, 28 de junio, toda el área central, las zonas laterales y las aulas del colegio Miguel Antonio Caro —que funciona dentro del complejo— estaban ocupadas por damnificados.

Aún no se sabe cuántos perdieron sus viviendas definitivamente y cuántos están de forma temporal. Hasta el último reporte oficial del lunes, 29 de junio, hecho por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, se contabilizan 12.721 damnificados.
En el registro de entrada del Parque del Oeste solo reseñan datos personales, zonas de dónde viene, enfermedades y edades.
Andrés Guzmán, coordinador del Consejo Federal de Gobierno, informó que —al corte de las 5:00 p. m. del domingo— se tenían contabilizadas 2500 familias, lo que incluye a una población críticamente vulnerable: de 600 a 700 niños, niñas y adolescentes. Mientras en la entrada, un grupo de voluntarios con computadoras portátiles intenta filtrar los datos de una larga y exhaustiva fila de personas que llegan despavoridas.
Sin embargo, cruzar la reja del parque no trae alivio, sino desorientación. Aunque hay presencia de bomberos, Protección Civil, médicos y psicólogos, la infraestructura estatal está colapsada. La primera necesidad, encontrar un techo, colchonetas y sábanas, se convierte en una disputa individual.


El impacto diferenciado en las mujeres
Las emergencias no golpean a todos por igual. Las mediciones multidimensionales de la pobreza demuestran que los desastres naturales ensañan su impacto en las poblaciones más vulnerables: los niños, niñas y las mujeres.
En el Parque del Oeste, esta premisa se desborda en la realidad. Las mujeres superan ampliamente en número a los hombres y, además, asumen la carga exclusiva del cuidado ajeno a costa de sus propios derechos fundamentales.
El caso de Leyni Hernández, habitante de la carretera vieja Caracas-La Guaira, es una muestra de cómo el derecho a la salud y a la dignidad se diluye en el refugio.

Leyni llegó al parque el jueves, 25 de junio, con sus dos hijos, de 7 y 5 años de edad, a quienes no suelta ni un segundo, y un adulto mayor que duerme en el suelo mientras ella busca desesperadamente un colchón para él.
La madre padece de colon irritable y requiere una dieta especial que la comida masiva de los voluntarios no cubre. El domingo, 28 de junio, al mediodía solo tomó una sopa, con la incertidumbre de no saber qué comería al caer la noche.
Además, la falta de condiciones sanitarias seguras vulnera su derecho a la privacidad, a la salud e higiene menstrual. A pesar de que hay baños portátiles, que en horas de la tarde ya estaban colapsados, el miedo a dejar solos a sus hijos o a que presencien situaciones de violencia en las zonas comunes la obliga a caminar hasta el perímetro cercano a la autopista para hacer sus necesidades detrás de los árboles.

A este desamparo físico se suma la escasez de insumos específicos. Mientras abundan los jabones y cepillos de dientes, los paquetes de asistencia carecen casi por completo de toallas sanitarias y tampones, lo cual afecta la dignidad de las mujeres, incluso a las que están heridas de gravedad como Lily, quien con una pierna fracturada espera en una colchoneta un cupo para ser operada.
Caos logístico y desprotección
A pesar de la presencia de 35 policías por turno, funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) y la Milicia, la seguridad es un espejismo que solo habita en las zonas centrales del parque. Las áreas laterales, las zonas posteriores y los centros de acopio permanecen desguarnecidos.
Esta falta de control transforma la ayuda humanitaria en un proceso caótico y discrecional. Aunque el auditorio del colegio alberga montañas de ropa, sábanas y zapatos donados, los insumos no llegan de manera equitativa.
“Es un desastre, reparten juguetes y cuando llego a la fila no me los dan porque no voy con los niños. Deberían pasar ordenadamente por los campamentos”,




