Panabus y Panarosa, ecosistema móvil que atiende a personas en situación de calle

El martes 19 de noviembre, en Montalbán, rodó la ruta operativa conjunta entre el Panabus y su nueva unidad hermana, la Panarosa, la primera unidad móvil de atención ginecológica y obstétrica dedicada a mujeres en situación de calle. Un proyecto llevado adelante por Maru Rodríguez, junto con una red de voluntarios y marcas aliadas, que busca reinsertar en la sociedad a aquellas personas con vidas difíciles

Fuente original: El Nacional. Bárbara Suárez lo logró, pero no sobrevivió para contarlo. Estaba embarazada de tres meses y vivía en la calle cuando el equipo de Panabus la encontró.

Lograron estabilizarla, controlar su consumo de sustancias de forma ambulatoria y garantizar que su hijo naciera sano en agosto de 2024. Parecía el final feliz de una estadística sombría..

Durante meses, fue el rostro del éxito, la prueba de que se puede salir del infierno. Pero la calle es despiadada. Salvaje. En diciembre, acorralada por la ansiedad y la falta de un tejido familiar sólido, recayó. Una sobredosis apagó su vida, dejando una cicatriz profunda en el equipo que luchó por ella.

Pero su historia no es una derrota. Es parte del combustible que encendió los motores en Montalbán la mañana del miércoles 19 de noviembre de 2025.

No son solo unidades móviles, son espacios de tregua en una ciudad que a menudo olvida que la indigencia también tiene nombre y apellido

Yo te ayudo

Ese día, por Caracas circuló una caravana pequeña, inédita. El Panabus, esa unidad móvil de atención integral que desde 2017 se ha convertido en un referente de apoyo, no llegó solo. A su lado, imponente, nueva y muy rosada, rodaba Panarosa, la primera unidad móvil de atención ginecológica y obstétrica diseñada para mujeres en situación de calle, no solo en Venezuela, sino, según los registros de la fundación, en el mundo.

«Nos dimos cuenta de que en la atención femenina había una oportunidad», explicó María Angélica ‘Maru’ Rodríguez, fundadora del movimiento. La calle es hostil para todos, pero para la mujer, es un campo minado de vulnerabilidades específicas.

La escena era de operatividad quirúrgica. No hay improvisación cuando se trata de devolver la dignidad.

Rodríguez, gerente general de la Fundación Santa en las Calles, observaba el despliegue con la memoria puesta en dos décadas de trabajo, con la mirada de quien ha visto materializado un proyecto de la nada.

Todo comenzó el segundo sábado de diciembre de 2006, con 30 amigos repartiendo sándwiches en Navidad y la visión de ayudar a quienes la ciudad y sus habitantes prefería ignorar.

Pero la solidaridad es adictiva. Para 2008, el colegio Don Bosco de Altamira se había convertido en el epicentro de una operación masiva. «El taller de Santa no queda en el Polo Norte, queda en Caracas», bromea Maru Rodríguez. Más de mil voluntarios, autodenominados «duendes», rotaban para armar kits que beneficiaban a 3.500 personas cada diciembre. Pero la Navidad dura un día; la necesidad, los 364 restantes.

La arquitectura de la ayuda

El concepto es atípico: si ellos son nómadas, la ayuda también debe serlo. «No podemos tener una sede física que no se mueva con las personas», sentenció Rodríguez.

Subir al Panabus es cruzar un umbral de civilización. Afuera está el ruido, la hostilidad, el rechazo. Dentro, el aire cambia. Huele a limpio, a antiséptico, pero también a comida caliente y, sobre todo, a respeto. Hay un baño, una silla de peluquería y una camilla médica.

La capacidad es limitada por el espacio: un tanque de aguas blancas permite atender a un máximo de 7 personas en el Panabus y a 5 mujeres en la Panarosa. No es un tema de exclusión, sino de dignidad; el baño debe ser completo, sin apuros, un momento de paz en una vida de alerta constante.

La atención en Panarosa es solo para mujeres en situación de calle

En la Panarosa, la atmósfera es clínica pero cálida. Óscar Salazar, coordinador médico, se mueve con la destreza de quien ha convertido un espacio reducido en un consultorio de alta gama. Egresado de la Universidad Central de Venezuela y con experiencia en el Hospital de El Junquito, entiende que la medicina en la calle requiere una «fibra social» distinta.

El consultorio cuenta con espéculos metálicos, elegidos deliberadamente sobre los descartables por su durabilidad y precisión, sometidos a un riguroso proceso de esterilización manejado por los mismos especialistas. Se hacen citologías, ecos pélvicos y transvaginales, y controles de embarazo.

El protocolo de seguridad desafía el estigma. Salazar fue enfático al hablar sobre el manejo de pacientes con enfermedades infecciosas, como el VIH. «Esos protocolos han cambiado. No nos vamos a contagiar por tocar a esa persona», dijo. Salvo en presencia de heridas abiertas, destacó, el contacto humano, piel con piel, es parte de la cura emocional. «Nosotros los orientamos cuidándonos, pero también cuidándolos a ellos».

Panabus tiene servicio de peluquería

Ruta del rescate

La elección de Montalbán no fue al azar. Detrás de cada parada del autobús hay una labor de inteligencia social digna de una agencia de investigación.

El equipo de desarrollo social realiza pregiras, peinando la ciudad para identificar nuevos asentamientos o «familias de calle». Otras veces la información llega por vías más modernas: un mensaje directo en Instagram alertando sobre una persona en necesidad. O también, a través del boca a boca.

El proceso de atención es un ritual en fases. Primero, el abordaje psicosocial en la acera. Si el usuario acepta, porque la voluntariedad es la regla de oro, sube a la unidad. Allí recibe un kit de higiene personal: jabón, champú, desodorante, afeitadora.

El proceso, aseguran, es una coreografía de confianza. Primero, la ducha y la ropa limpia. «Cuando salen de bañarse y se sienten un poco más cómodos, acuden a la consulta», relató Salazar.

Es en ese momento de vulnerabilidad cuando la persona beneficiada comparte su historia clínica y se quita la capa de suciedad -que a menudo sirve de armadura-, para luego pasar a la camilla médica. Allí confiesan los dolores del cuerpo y, a menudo, los del alma.

Óscar Salazar, coordinador médico de Panabus, durante una consulta | Foto Ezequiel Carías

Vínculo invisible

El jabón y el eco son solo la entrada. El verdadero trabajo, el «de hormiga», como lo describe Luis Fernández, coordinador de desarrollo social, ocurre en la mente.

«Las mujeres y hombres en situación de calle son sujetos de derecho», afirma con la contundencia de quien defiende lo obvio ante una sociedad ciega.

El perfil del usuario es heterogéneo. Han atendido desde niños de 12 años (con autorización de sus madres o padres, también en calle) hasta adultos mayores de 86. Y contrario al prejuicio popular, el consumo de drogas no siempre es la causa.

«Principalmente son problemas familiares», comentó Salazar. La ruptura del núcleo primario empuja a personas al abismo; la adicción llega después, como un anestésico para la realidad.

La fundación no excluye a nadie. Incluso aquellos con consumo activo son bienvenidos; para ellos hay cupos limitados en alianzas con centros de rehabilitación.

El derecho a la salud no debería terminar donde empieza la acera, dice la organización

El objetivo final es la reinserción, un proceso que Fernández define como un trabajo a corto, mediano y largo plazo. El corto, de uno a tres meses, se enfoca en la identidad (cédula), el empleo y la estabilización. Pero el éxito es esquivo y doloroso.

«Qué bonito sería lograr un 50% de conversión, pero no hemos llegado allí», admitió Fernández con honestidad. De más de 7.000 atenciones en ocho años, solo 178 personas han logrado abandonar la calle. Y sí, el número puede parecer bajo, pero cualitativamente es inmenso. Son 178 familias reconstruidas.

El equipo entiende que la recaída es parte del viaje. Las estadísticas sugieren que una persona puede fallar hasta cuatro veces antes de lograrlo. Por eso los programas se llaman Familia Panabus y Familia Panarosa.

«La familia entiende que a veces cometemos errores», reflexiona Maru Fernández. «Y nuestro propósito es estar ahí para cuando esa persona decida intentarlo de nuevo».

Parte del equipo que sale a las calles a brindar un futuro mejor para aquellos que muchas veces se sienten invisibles

Panabus y Panarosa

La ruta conjunta de este noviembre es estratégica.

La Panarosa necesita la validación de su «hermano mayor», el Panabus, para ganar la confianza de las usuarias. A mediados de 2026 se espera que operen de forma independiente, duplicando el alcance.

No hay Estado detrás, solo la sociedad civil organizada. La financiación de esta maquinaria de solidaridad proviene de una amplia red de voluntarios y empresas privadas. «No hay aporte pequeño», dice Maru Rodríguez. Ayuda es ayuda en una economía en la que mantener dos autobuses operativos es una hazaña. Algo casi imposible.

Cuidar a la mujer vulnerable no es caridad, es un acto de restitución en medio de la crisis

Al caer la tarde en Montalbán, las unidades cerraron sus puertas. Dentro quedaban las historias clínicas y los planes de seguimiento. Afuera, la ciudad, igual de dura, pero con una diferencia: un grupo de personas había recordado, por unas horas, lo que se siente ser tratado como familia, como un «pana».

Y en el caso de las mujeres, la certeza de que en espacio sobre ruedas su salud fue una prioridad.

Bárbara Suárez no pudo ver la Panarosa rodar. Pero en cada mujer que subió ese martes al consultorio rosado, en cada eco realizado y en cada infección tratada a tiempo, su memoria persiste.

El Panabus y la Panarosa no solo transportan médicos, duchas, equipos; transportan la terca, inquebrantable convicción de que mientras haya alguien en la acera, habrá otro dispuesto a frenar, abrir la puerta y decir: «Sube, vamos a casa».

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