FUENTE ORIGINAL LA VIDA DE NOS . – MILAGROS SOCORRO
Rosa Orozco vio comparecer ante la Audiencia Nacional de España a un coronel venezolano señalado como parte de la línea de mando responsable de la muerte de su hija, Geraldín Moreno. “Es una puerta que se ha abierto para miles de víctimas y sus familiares en Venezuela”, dice en esta historia que rememora el recorrido que la convirtió en activista de derechos humanos.
FOTOGRAFÍAS: MARTHA VIAÑA
Rosa Orozco salía de la ducha cuando sonó el timbre de su apartamento. Incluso cuando se comparte la casa con una hija con quien se lleva de maravilla, una mujer disfruta esos ratos de soledad. Los sonidos domésticos, el carrito de los helados circulando unas cuadras más allá, las últimas gotas de la regadera…
Esa tarde, a Rosa le pareció escuchar también unas detonaciones. Cerró la regadera para oír mejor y concluyó que no eran triquitraquis ni tumbarranchos. Sabía que los guardias nacionales habían sido lanzados a la calle para intimidar. A esas alturas, el 22 de febrero de 2014, la gente tenía 10 días manifestando en contra del régimen de Nicolás Maduro en los portones de la cerca que rodea su urbanización en Naguanagua, estado Carabobo. De hecho, Rosa había escuchado ruidos amenazantes, pero se sentía segura o por lo menos no experimentaba la sensación de estar en mitad de la calle, de esas peligrosas calles venezolanas de 2014.
Su hija, Geraldín, de 23 años, había llegado de su habitual práctica de fútbol y había vuelto a salir. Rosa le dijo que ya la alcanzaría, que quería darse un bañito antes. La muchacha entonces agarró un pito y una bandera tricolor, y salió a las áreas comunes del conjunto de edificios donde ya estaban muchos vecinos dispuestos a sumarse a las protestas.
Cuando Rosa estaba presentable fue a la puerta y la abrió.
Ahí estaba un muchacho muy alterado y con sangre en la ropa. Le dijo que acaban de dispararle a su hija.
En ese marco creció Geraldín
Yo vivo aquí, en Valencia, estado Carabobo, donde siempre. Esta es mi casa, chica. Este es mi país. Aquí nací el 24 de enero de 1960, y aquí sigo.
Yo era una mamá como todas las mamás venezolanas, que trabajan para mantener a sus hijos, para su educación. Mi carrera es relacionista industrial. Trabajaba en una empresa y después monté la mía. Hasta que mataron a mi hija, ahí, a pocos metros de nuestro apartamento.
Entonces, de relacionista industrial pasé a activista de derechos humanos, algo que no sabía de qué se trataba. Tuve que estudiar: qué es una tortura, un trato cruel e inhumano, un asesinato, un homicidio, cuáles eran las diferencias.
Eso me transformó la vida.
Provengo de un hogar con principios muy arraigados. Mi papá y mi mamá fueron un matrimonio con valores y mucho amor; con el amor a Dios y a la Virgen por sobre todas las cosas. En casa cada quien tenía sus obligaciones y responsabilidades. Tanto los padres como los hijos debíamos respetarnos mutuamente. Era un hogar cuyas bases se sostenían en la libertad, en el libre albedrío.
Mi mamá era ama de casa. Mi papá, el comandante del cuartel de bomberos de Guacara. Un hombre estricto, muy estricto.
Cuando fui adulta repliqué ese hogar. Mi casa tiene principios, valores y el amor a Dios por sobre todas las cosas, también mucha libertad y libre albedrío.
En ese marco creció Geraldín. Era una muchachita siempre dispuesta a apoyar a los demás, amaba los animales y, sobre todo, no le gustaban las injusticias.

Una puerta que se abre
Doce años después de aquel fatídico 22 de febrero de 2014, Rosa Orozco vio comparecer ante la Audiencia Nacional de España a un coronel venezolano señalado como parte de la línea de mando responsable de la muerte de su hija.
—No tengo que declarar al respecto —dice— salvo que lo que ha ocurrido en Madrid no alcanza solo el caso de Geraldín: es una puerta que se ha abierto para miles de víctimas y sus familiares en Venezuela.
Geraldín Moreno recibió un disparo cuando trataba de resguardarse en la entrada de su urbanización. Una vez caída, el guardia le disparó perdigones en la cara, de manera que cuando Rosa Orozco llegó corriendo y la encontró tendida, no vio el rostro amado sino un amasijo sanguinolento.
Tres años después, en 2017, el caso obtuvo sentencia: los perpetradores, Alvin Bonilla, Félix Lara y Francisco Caridad Barroso, fueron llevados a juicio y condenados a pena de cárcel en Ramo Verde; a 30 años el primero, y a 16 años y 8 meses, los otros 2.
Lo que no había avanzado, hasta el 10 de junio de 2026, es el establecimiento de responsabilidades en la cadena de mando. El proceso llegó a Madrid por la vía argentina. Según explica Rosa Orozco, en Argentina existe un juicio abierto bajo jurisdicción universal, y fue la Cancillería de ese país la que pidió a su homóloga española la extradición de Ephraín Enrique Verdú Torrelles, quien comandaba el operativo el día en que Geraldín fue baleada, y quien se había residenciado en Galicia. Es la primera extradición pedida en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad.
La finalidad de la audiencia del 10 de junio fue que Verdú Torrelles fijara posición ante estas acusaciones. No está señalado como autor material, sino como parte de la línea de mando.
Cada año, en el aniversario del asesinato, Rosa Orozco acude al Ministerio Público con un escrito en el que pide la investigación de esos funcionarios y de la línea de mando.
“Nunca me han respondido y nunca me cansaré de pedirlo”, dice.
De los 334 asesinados que contabiliza Orozco en el contexto de las protestas, solo 3 han derivado en sentencia contra los perpetradores: los de Bassil Da Costa, Geraldín Moreno y David Vallecilla, todas en 2017. Eso supone, calcula, cerca de un 98 por ciento de impunidad, y del 100 por ciento en lo que respecta a la línea de mando. “Eso ocurre en un país donde no tenemos separación de poderes”, subraya.
Qué te hizo mi hija
Nunca le he reprochado a Geraldín que estuviera allí ese día. Mi mamá me enseñó a luchar y yo a ella la crié desde chiquita en la libertad y en la democracia.
Al comienzo de estos mandatos uno podía salir con la familia a protestar; después, en 2014, esto se volvió un declive de asesinatos. Jamás imaginé que eso pudiera ocurrir. Ella se encontraba dentro del perímetro de nuestra propiedad. Es decir, los guardias entraron a un espacio privado a quitarle la vida a una muchacha que no tenía más armas que un pito para hacer ruido y una bandera de Venezuela.
Yo asistí a las sesiones del juicio de los hombres que asesinaron a mi hija. Y ahora, si me lo permitieran —que no, no me dejan— iría a la cárcel para verles la cara, para ver cómo están, para ver si tienen un poquito de arrepentimiento. Porque en el juicio dijeron que ellos no habían sido…
Quiero la verdad. Cuando la tenga, junto con la justicia, tendré paz y podré hacer mi duelo. Mi hija murió hace 12 años y todavía no he podido hacer el duelo. Porque me falta saber quién fue, por qué lo hicieron, quién lo ordenó. Necesito que me respondan una pregunta que no me abandona: ¿qué te hizo mi hija para que le dispararas de la manera en que lo hiciste? De hecho, se lo pregunté varias veces en el juicio y no me contestaban; lo que hacían era ver para el piso.
En las primeras audiencias del juicio, ellos llegaban desafiantes, se me paraban enfrente y se me quedaban viendo, como diciendo: “Tú no me vas a hacer nada”. Pero se encontraron con una mamá que no se iba a quedar callada. Cada vez que los veía así, ponía mi denuncia ante el tribunal, y el juez les llamaba la atención a los alguaciles y a la guardia que los trasladaba. Así fue hasta que tuvieron que cambiar de actitud, cuando ya había sustento de que sí dispararon contra Geraldín, y todos los indicios llegaban a ellos. En cuanto a la línea de mando, pues, nada: se lavó las manos.

Los dos caminos
La voz de Rosa Orozco es ronca, como la de alguien que ha pasado malas noches o ha llorado mucho, pero la determinación con la que habla y la propiedad con que se mueve en el bosque de términos jurídicos y cifras del horror son las de una académica, una gerente, una líder.
Ella es la madre de una víctima de la violencia y, claro, víctima ella misma, pero también es la fundadora de la organización Justicia, Encuentro y Perdón (JEP), para atender violaciones a los derechos humanos, particularmente detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales en el contexto de manifestaciones.
En abril de 2023, JEP publicó un informe sobre la impunidad en asesinatos por razones políticas en Venezuela. Entre otras conclusiones, el estudio determinó que de los 334 casos (registrados en 2014 y 2023), 248 (un 74,25 por ciento) se encontraban estancados en la Fase Preparatoria Procesal, demostrando una demora injustificada de hasta 9 años. En 2024, la ONG estuvo entre las organizaciones que solicitaron la extensión del mandato de la Misión Internacional Independiente de las Naciones Unidas para Venezuela.
¿De dónde saca tanta fortaleza esta mujer?
—En la clínica, el día en que murió mi hija, mi mamá me dijo unas palabras que tengo siempre presente: “Tienes dos caminos. Uno, el del rencor, el odio, el resentimiento; y otro, el de la verdad, la justicia que puedas conseguir por tu muchacha, la reconciliación y el perdón. Y con este vas a lograr más, porque la perseverancia la premia Dios; si Dios te puso esto en el camino, es porque puedes con eso y con más”. Le hice caso a mi mamá. El trayecto ha sido muy largo.
Los buenos no somos menos
El perdón es para mí la manera de librarme de tanta carga negativa y de tanto odio que pudiera haber existido en mi corazón. El perdón es para levantarme. Pero perdonar no significa renunciar a la justicia. El perdón viene primero para ti; después tú hablas con ese perpetrador y lo perdonas, pero no es que vas a convivir con él. Es que el perdón te sirve a ti para seguir adelante, porque con odio y rencor no vas a poder… Claro que no es fácil.
La rabia no nos va a servir para nada; al contrario, nos condenaríamos a repetir lo que nos hicieron y eso no tendría fin. Aquí hay que cortarlo. Luchamos por deshacer esa rabia, ese rencor de ellos hacia nosotros. La reconstrucción del país no se va a producir desde la rabia ni desde el odio.
No estoy proponiendo que no paguen por los crímenes que cometieron. Lucho para que paguen, pero como tiene que ser, con un tribunal, con un juez imparcial.
No quiero más gente con odio ni con retaliaciones. Los venezolanos no somos así. Somos personas muy queridas, muy amables. No vale la pena que me desgaste odiando. He recibido a muchísimas personas que trabajaron en la institución, oficiales retirados, y me han pedido perdón. Y siempre lo he dicho: no todos los que tienen ese uniforme se merecen cargar con esto. Eso me llena de aliento: los buenos no somos menos.
Geraldín era mi única hija. No tuve más hijos. No voy a tener nietos. Pero quisiera contribuir a que la juventud venezolana reconstruya el país que siempre hemos querido. Para eso van a necesitar justicia para tener la calma y la paz que tanto anhelamos. Y verdad, para no cometer los errores que tanto dolor han causado.




