«Yo también fui víctima de Luis Carrera Almoina»

Fuente: El Estímulo

Cuando se cumplen 20 años de los crímenes contra Linda Loaiza, el testimonio de otra víctima, hasta ahora desconocida, arroja luces sobre las andanzas previas de Luis Antonio Carrera Almoina, quien fue absuelto por el Estado en el año 2005. Esta es la historia de manipulación y violencia psicológica y física a la que fue sometida una mujer a sus 18 años


Una protesta en Portuguesa consternó a la opinión pública a finales de febrero de 2021, por la violación y asesinato de tres jóvenes en el pueblo de Turén, a 107 kilómetros de Guanare, la capital del estado. No son las únicas víctimas, Utopix estima que, en 2020, 256 mujeres fueron asesinadas en el país.

Entre enero y febrero de 2021 ya se reportaron 43.

La ola de feminicidios que aumenta en Venezuela rememora un suceso de hace 20 años: el crimen contra Linda Loaiza, quien acaba de publicar su historia en un libro coescrito con la periodista Luisa Kislinger y editado por la editorial Dahbar: Doble crimen: tortura, esclavitud sexual e impunidad.

Aunque su caso sigue sin resolverse y Loaiza persiste en su búsqueda de justicia, el testimonio de otra víctima, hasta ahora desconocida por la prensa, arroja datos sobre la actuación y las andanzas Luis Antonio Carrera Almoina, a quien el sistema de justicia favoreció en 2005.

«Mi nombre es Zuleima Yamilet Arráiz, soy del estado Cojedes. Su nombre es Luis Antonio Carrera Almoina y lo conocí en 1997.

Tenía un revólver Magnum 357, cromado. Cuando llegaba, lo sacaba y me lo mostraba. En muchas peleas me lo ponía en la cabeza, me lo metía en la boca y también en las partes íntimas. Yo tenía los cabellos muy largos, tan largos que, una vez, en una de sus golpizas, me tiró de ellos y me hizo una bola enredada, que después tuvo que cortar. Quedé con el pelo muy bajito.

Me amenazaba constantemente, me decía que había desaparecido a mujeres y que nadie se daba cuenta, que nadie se enteraba. A mí me daba miedo. Pensaba que si lo había hecho con otras, también lo podía hacer conmigo.

Yo tenía 18 años y él era un treintón.

Nos conocimos en Guásimo Mayita, un pueblo en Cojedes, cerca de San Carlos y de Turén (Portuguesa), a través de un novio que yo tenía en ese entonces. Mi novio era dueño de una finca que colindaba con la de Carrera Almoina.

En esa época yo estaba sacando el bachillerato de noche. Estaba recién llegada de Valencia -donde había pasado un cierto tiempo- y después de las vacaciones regresé a los estudios de nuevo.

El noviazgo acabó porque caí en sus encantos.

Al principio él era todo un caballero, muy conversador. Encantador, la verdad. Muy diferente a lo que en realidad era. Me invitó a un circo y allí empezamos a conocernos. El tiempo pasó rápido y de pronto me hallé viviendo con él en una urbanización del pueblo, la Rómulo Gallegos, donde vivía alquilado porque en la finca, en la que sembraba sorgo y tenía ganado, había un capataz que estaba encargado.

Él tenía un poder de convencimiento muy fuerte. Era algo que sabía hacer desde hacía mucho tiempo. Y yo era una chama.

Una vez me contó que agredió a su hermana y se ganó una pelea con su papá, quien lo terminó amenazando. A él le daba satisfacción ver sufrir a las mujeres, pero con su mamá era muy respetuoso. Hablaban a diario, siempre se telefoneaban.

Cuando conocí a su familia me di cuenta de que era el hijo perfecto. Fue en una fiesta en Caracas: a su papá lo habían nombrado rector por segunda vez en la Universidad Nacional Abierta. En ese momento, estábamos empezando. Ellos no sabían lo que me hacía, pero sí estaban claros de cómo era. Creo que le compraron esa finca en Guásimo Mayita para mantenerlo lejos. Ellos querían distanciarse de él porque les traía muchos problemas.

Conocí a la mamá, María del Pilar Almoina, y a su papá Gustavo. Fui al apartamento que tenían en Los Palos Grandes. Conocí también a su hermana.

La primera vez que me agredió fue porque un amigo me regaló una camiseta. Yo se lo dije y él me la rompió encima. Ese día empezó todo. Me acuerdo como si hubiera sido ayer. Teníamos dos meses viviendo juntos y él comenzó a cambiar su actitud. Hacía unas cosas que yo ni me explicaba. Peleábamos por todo. Era muy maltratador y ese pleito de la blusa duró como tres meses. Pero luego empezaron a venir más, todos con agresiones físicas y verbales.

Estar con alguien así era incómodo. No llegamos a los niveles de Linda, porque ella vivió una monstruosidad.

Yo viví muchos golpes, maltratos Me obligaba a tener relaciones sexuales, y debía fingir porque sino los maltratos eran peores. Tenía que decirle que me gustaba porque sino me hacía daño, me decía que podía matarme.

Y no era la única. Una vez me contó que estuvo casado con una muchacha de 16 pero que no los aparentaba porque era alta, casi de su tamaño, con cabello oscuro y lacio. El nombre de la mujer era Marisol Vieira. Yo vi el acta de matrimonio. Nunca la vi en persona, pero le escuché decir a él que ella le había sido infiel después de haberlo hecho mantener a su familia, por mucho tiempo. Él se pintaba como la víctima. El mismo cuento de siempre, porque hacernos sentir culpables era una táctica suya. Ella era muy humilde y él la mantenía cautiva.

Conocí a otras dos víctimas en San Carlos. Una que no llegó a vivir con él, pero tuvo una mala experiencia. Y otra que sí vivió con él en San Carlos, en la Urbanización Caracas. Hablé mucho con ella. Él le dejó una cicatriz en una oreja: la golpeó tanto que le dejó una deformidad en su oreja. Se llama Angie.

La otra era Rosalba, de Yaracuy, quien era maestra y también la mantuvo encerrada. A ella me la presentó una vez.

Él alquilaba una casa de dos pisos y nos llevó allí. Ninguna sabía nada. Nos conocimos ese día. Allí me di cuenta que buscaba el mismo patrón de mujer. Ella era como yo: blanca, con cabello crespo y largo. Nos quisimos venir, pero nos obligó a quedarnos. Tanto ella como yo, éramos muy sumisas. Esa noche tuvo sexo con nosotras y nos tomó fotografías.

No le dije nada a mi familia, pero ellos poco a poco se fueron dando cuenta de que algo estaba ocurriendo. Sobre todo cuando duraron tiempo sin verme.
Me tenía encerrada, él escondía las llaves.

Tampoco me dejaba responder el teléfono. Cuando me llamaban, les decía que yo no estaba, que andaba en la calle. A mí me advertía que si llegaba a responder me iría mal. Por eso nunca atendía las llamadas. Me daba pánico que fuera él, porque en ese caso sabía que no me esperaba nada bueno.

Él, en cambio, salía siempre. Iba y regresaba rápido, con licor y comida.

Una vez me escapé saltando por la pared a la casa de una vecina, pero me regresé porque psicológicamente me sentía culpable de todo. Después de un tiempo, mi mamá me fue a buscar con un amigo policía y no me reconocía. Me dijo que parecía un cadáver. Había bajado 20 kilos porque no comía nunca, no me daba hambre. Estaba golpeada, con los ojos morados. Muy flaca. Él era de golpear todos los días, por alguna razón.

Mi mamá me sacó con la policía de allí. Pero luego volvía adonde él. Era un ciclo en el que me sentía muy culpable y que siempre terminaba en agresiones. Hasta que llegó un momento en el que me armé de valor y dije que no podía hacerlo más. En ese momento decidí romper todos los lazos que me ataban a él. Y no lo llamé más. Nunca más.
Mi mamá lo denunció, pero la policía en aquel tiempo lo vio como un problema de pareja, dijeron que no se metían en eso. Además, él era un tipo con mucha influencia, cuando hablaba lograba envolver a todo el mundo.

Él era un parásito y su papá le cumplía todos los caprichos. Era desmedido con la plata, gastaba por cualquier cosa. Aparte de alcohol, consumía mucha droga y conocía a bastante gente. Tal vez por eso lograba persuadir a las autoridades. A mí me intimidaba. Siempre decía: ‘Conmigo no puede nadie, ni la policía’.

Después creo que se fue para Caracas. No supe más nada de él hasta que en 2001 vi en las noticias la monstruosidad que le hizo a Linda Loaiza. Cuando vi eso no lo podía creer. En ese tiempo Linda fue a visitarme, pero como tenía mucho temor -porque me amenazaba con matar a mi familia- y como decía que tenía mucha influencia no quise seguir denunciándolo. Él era muy amenazante con todo.

Una vez nos encontramos en la Defensoría del Pueblo: Linda, Angie y yo. Eso fue en 2005.

Linda tenía esperanza de que hubiera otras víctimas que declararan. Él le había mostrado fotografías donde agredía a otras mujeres. La persona que nos vinculó fue por ella, porque conocía a las víctimas y quería ayudar a Linda con su caso. Linda quería nuestros testimonios para que la sentencia absolutoria fuera anulada y se emitiera una sentencia condenatoria. Linda quería que le creyeran, que no era como la prensa decía que ella estaba mintiendo. Que había un modus operandi, una conducta.

Estábamos muy asustadas. Linda viajó a visitarnos en dos oportunidades. Le pedíamos que no lo hiciera más, porque él tenía mucho poder. Angie estaba casada, tenía un hijo. Yo también estaba casada y tenía mi hijo. Habíamos continuado con nuestras vidas, habíamos pasado la página. Linda entendió eso.

Yo quise hacer mi vida de nuevo. Cuando lo cuento es como si hablara de una pesadilla. No fue fácil, llegó un momento en el que me quise suicidar. Sentía que no tenía salida, me veía en el espejo y no era yo. Admiro mucho a Linda, porque a esa edad uno tiene mucho miedo, uno es una niña y nos creemos todo lo que nos dicen».

Yamilet Arráiz se fue de Venezuela en el año 2018 y no tiene pensado regresar. Desde el lugar en el que se encuentra estableció contacto con Linda Loaiza, después de haberla conocido en 2005, cuando esta requería apoyo para su proceso legal contra Carrera Almoina. Espera poder contribuir con el caso –sentenciado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en 2018– y animar a otras víctimas a contar sus experiencias con Luis Carrera Almoina.

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