Por: Yoiner Vanegas

Llorar. ¿Qué es llorar? En internet, los encargados de dar un significado a todo, lo simplifican; leí por ahí, como: «la acción de fluir lágrimas en los ojos», ¡Vaya, cuánto atrevimiento!

Por ello, en estas horas estoy dispuesto a iniciar el debate, quizá, más insignificante de la historia; porque para mí llorar es mucho más que eso.

Solo quienes han llorado podrán entender el desajuste y desahogo en que se llega a estar en un momento determinado con el llanto. Incluso, se llora sin lágrimas, como mí caso, que lloré por dentro gracias a una PC.

Durante meses, ella (la PC), fue mí gran amiga, de esas que te escuchan horas por frustración y sólo callan. Me acompañó en lo irrisorio y en las grandes citas con la investigación, en el desespero periodístico y en la calma del trabajo. Rápida o inquietantemente lenta; pero ahí estaba.

Recuerdo la noche más compleja a su lado: la del 10 de octubre de 2019. Les cuento que, en la tarde de aquel día, jugó la selección de Venezuela contra la selección de Bolivia en el Estadio Olímpico de la UCV. En aquella cita, que significaba la vuelta de La Vinotinto a Caracas, pude vivir una experiencia enorme para un incipiente comunicador como yo.

En esa velada tuve el honor de ser seleccionado por el diario El Nacional como el encargado de cubrir aquel cotejo y sacar una crónica inolvidable para mí.

Venezuela paseó en el campo y eso fue satisfactorio. Sin embargo, el tema de fondo, con el que retomo mí narración, vendría después, con mí regreso a la redacción del medio; en la que tenía que poner, ya no sobre papel y lápiz, lo que mis ojos habían visto en el recinto caraqueño.

Bastó con llegar, caminar aturdido después de un largo día y la llamada de mi coordinador, para que los nervios afloraran. Yo, que por lo general suelo ser muy confiado con mis dotes, aquella noche frente a esa PC sentía en un inicio que me faltaba inspiración.

Se hicieron las diez de la noche; claro, y yo sin poder escribir para la página algo convincente que diera de qué hablar el día siguiente. Aquel teclado, desgastado -por decir lo menos-, debió odiarme por tantas cosas que le dije sin razón y por tanto maltrato del que fue víctima.

Escribí basura de inicio, lo reconozco; a eso te lleva el desespero. Como un ciclo atomizante borraba e iniciaba de nuevo mi redacción. Ni recuerdo cuántos títulos puse a aquellos textos horribles con los que quise sellar el trabajo de todo un día.

El tema es que, justo cuando pude terminar algo parecido a una crónica, la PC me miró sin decir nada; eso sí, pero me miró. Una mirada obstinante, que, sin duda, me invitaba a regresar y dar lo mejor de mí.

Con su frialdad me hizo odiarme, porque un profesional como yo no podía coronar aquella jornada con un escrito tan penoso.

Y sí, para los detractores de lo increíble, les confieso que defenestré el texto original por sentirme atemorizado por una PC. Volví, me senté, y con una determinación enorme empecé con aquellas líneas, en las que, al escribirlas, me sentía mejor que el mismísimo García Márquez.

Y también, para los que me felicitaron, debo decir que fui un egoísta al no pedir que lo hicieran del mismo modo con aquel aparatito que me condujo a la exigencia y al careo con mis habilidades.

Hoy, justo cuando se acaba mi etapa en El Nacional, quise destacar aquella noche, en la que me avancé un paso más al periodista con criterio y amor propio que me gusta ser. Algunos lloran en esta hora por dolor, una pérdida, o por cualquier otro motivo, y yo lloro por la PC de aquel medio, que llevaré en mi recuerdo como quien recuerda algo notable.

Y es que sí, Yoiner Vanegas lloró por una PC.

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