La triste mirada de los niños de la calle

Fuente: Diana Gámez/CorreoDelCaroní

Muchos de aquellos niños que hicieron brotar las promesas de los revolucionarios en 1999 fueron a parar a las ergástulas socialistas, los asesinaron por estas calles, o por la exclusión y el hambre huyeron de este territorio hostil. | Foto Archivo Correo del Caroní


(13-09-2021). La imagen del muchacho barrigón que usa Luis Mariano Rivera en su canción La Guacara me retrotrae a tiempos pasados, cuando niños de barrios citadinos y zonas rurales con su ropita raída, descalzos, vientre recrecido y mirada triste pedían limosnas en cualquier lugar de Venezuela. Una lamentable situación que no fue resuelta de manera oportuna por la democracia, y que, seguramente, trajo estos lodos en los que estamos sumergidos desde hace 22 años.

Pero fue una situación estudiada -y mucho- por universidades, centros de investigación nacionales e internacionales, medios de comunicación, individualidades e inclusive instituciones de mucho prestigio, financiadas por los gobiernos democráticos como Fundacredesa, creada y dirigida por el prestigioso médico Hernán Méndez Castellano. Trabajos serios con descarnados diagnósticos, conclusiones y recomendaciones para atacar el grave problema de la pobreza, que se ceba en los sectores más vulnerables de la sociedad: los ancianos y los niños.

Al pensar en este tema recordé el libro del canadiense Michel Chossudovsky, La Miseria en Venezuela, porque en la carátula está la foto de una niña cuya piel es un mapa de suciedad acumulada. Su mirada fija desafía el flash de la cámara, mientras sus dedos en la boca auguran el llanto que se asoma desde su más honda tristeza. Su pelo liso y despeinado es la evidencia de que no ha sido lavado en mucho tiempo, así como tampoco su desnutrido cuerpecito. Sería arriesgado intentar adivinar la edad, porque el hambre siempre oculta y distorsiona las temporalidades vitales. La foto es del ingeniero Humberto Garzaro y no puede ser más elocuente, al representar la pobreza en y con una niña venezolana.

El muchacho barrigón de la pieza musical y la niña de la portada desnudan una realidad inocultable de los años 70 y 80, que tiene como protagonista a la infancia venezolana, víctimas de los estragos de la miseria. Lo que sensibilizó a nacionales y extranjeros, porque aquello resultaba inexplicable en un país con una envidiada renta petrolera. Héctor Silva Michelena escribió en la presentación del libro de Chossudovsky: “Debería quedar claro que el modo (capitalista) de utilización de estos recursos, y de distribución de sus frutos, está en la raíz de la pobreza y la marginalidad en un país rico… Una riqueza social -el petróleo- que se convierte en riqueza privada de una minoría que, al enriquecerse, adquiere el poder de convertir sus privilegios en derechos” (Julio, 1976).

En 1999 el socialismo del siglo XXI se instauró en Venezuela, y una de las promesas que todos quisimos ver cumplida fue aquella de que no habría niños en la calle en estado de mendicidad. Fueron sólo un puñado de palabras, añadidas al pajonal, que ya formaba un frondoso montículo de demagogia en forma de mentiras, engaños y falsedades. Como todo lo ofrecido por el paracaidista resentido que se adueñó del poder, lleno de odio, envenenado con la lucha de clases, y con la venganza como arma favorita para aplastar y hacer polvo cósmico a todo aquel que se atreviera a disentir.

Es probable que en lo profundo del alma de la macolla socialcomunista los niños, también, se consideran enemigos, y como tal son (mal) tratados. Empujándolos al oscuro inframundo del delito como único mecanismo de subsistencia. Vale decir, proyectos de vida truncados al no contar con la educación, que sí recibieron quienes le precedieron. Muchos de aquellos niños que hicieron brotar las promesas de los revolucionarios en 1999 fueron a parar a las ergástulas socialistas, los asesinaron por estas calles, o por la exclusión y el hambre huyeron de este territorio hostil.

Los que han nacido en estos 22 años de socialismo y sufren alguna enfermedad saben que no tienen posibilidades de curarse. Muchos de los niños y jóvenes con patologías renales y que requieren diálisis o un trasplante de riñón han muerto en el J.M. De los Ríos. Otros se han resignado, y sólo esperan que se les escape la vida en algún momento. Sin esperanza están los que padecen enfermedades oncológicas o cardiológicas. Un trasplante les salvaría su joven vida, pero en este expaís hay dólares para pagar los costosos bufetes que defienden a Alex Saab, pero no para darle vida y salud a estos niños, acicateados por los males y las garras de la pobreza.

En 22 años muchos niños tienen en la calle el hogar del que carecen, producto de la miseria en la que sobrevive gran parte de la población venezolana. Esa que huye y traslada su tragedia a otros países, donde esa infancia venezolana estira la mano para que le depositen una limosna.  

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