La muerte que conocí: el discurso y la discriminación como fórmula de silencio

Gabriela Buada Blondell / El Diario

Y llegó el verdadero silencio de no saber qué decir. Las miradas se cruzan con terror hasta para dar los buenos días. Y es que quiénes tenemos que movernos, así sea a comprar pan, nos vimos con mucho miedo y desconcierto. 

Se conoce de sobra que, en Venezuela, la mayoría de las personas difícilmente tienen la capacidad económica para aguantar una cuarentena de casi seis meses por la emergencia humanitaria compleja que se profundiza con la pandemia. Pero también se sabe que está mal salir y resolver porque la vida debe continuar. “El coronahambre” no sé si está en Colombia, Brasil, Chile o en otros países, pero aquí se ve con frecuencia y hasta se normaliza.

Llegó a la parroquia lo que muchos veían distante. Nadie me lo contó, lo viví en primera fila. Eso que no existía en el oeste porque es que la gente del este es la que puede viajar o la frase de la comunidad que explica que “aquí no hay ningún venezolano que se tuvo que regresar. Esto es otra cosa, guardamos las medidas preventivas porque limpiamos todos los días y no nos va a pasar”. Nos pasó y todavía es difícil creerlo.

Los murmullos no se hicieron esperar, “era chavista rajado, yo lo vi bien hace días. Yo sí lo escuché toser en el ascensor. Tenía mal semblante”, dijo otro vecino. Más de ocho horas transcurrieron para que retiraran su cuerpo. No fue sanidad, ni el gobierno de Distrito Capital. La funeraria pedía una cifra en dólares que seguramente los familiares del fallecido no podían pagar.

Después de los murmullos su hijo confirmó que su padre se había hecho la prueba hace tres días atrás porque tenía malestar, pero que murió sin saber el diagnóstico.  La comunidad se organizó con mucho miedo, el silencio y la soledad tomó toda la zona. Sin embargo, los grupos de WhatsApp se activaron para que se lo llevaran y procedieran a la cremación. A los pocos días la solidaridad rompió el silencio y apoyó a los familiares para que se mantuviesen aislados en su apartamento con sus síntomas, sin pruebas, pero seguros de que saldrían con vida de todo esto.

Yo seguía pensando en que pudo ser peor. Aunque los discursos de discriminación han sido pocos, la comunidad se estremeció y además tomó conciencia de la necesidad de acciones solidarias porque había que centrarnos en resolver y detener posibles contagios en la zona. Una muerte que no debió que no ocurrir, pero que nos presentó que era cierto, que era verdad. Uno de los nuestros, uno que estaba vivo.

Una muerte que me recordó al día que anunciaron los dos primeros casos de covid-19 en Venezuela. “El primer caso es el de una mujer de 41 años que llegó al país después de haber viajado por Italia, Estados Unidos y España, países seriamente afectados por la pandemia. El segundo es un venezolano de 52 años que regresó después de un viaje a España. Ambos pacientes, domiciliados en el estado Miranda, (el este) se hallan ya debidamente aislados. Todos los pasajeros de los vuelos de Iberia procedentes de Madrid los días 5 y 8 de marzo que entren inmediatamente en cuarentena preventiva”.

Reviví ese recuerdo por algunos comentarios que escuché en mi comunidad, pero además porque fue la misma sensación de terror la que me invadió en ese momento porque alguien cercano venía en el vuelo del 8 de marzo. Me hice mil preguntas, estaba aterrada porque pensé que, aunque no había tenido contacto con él desde que regresó sabía que estaba solo, sin nadie que pudiese ayudarlo en el caso de estar contagiado. Lo mismo me pasó con mi vecino, repasé mentalmente el último día que me monté en el ascensor con él.

También recordé que el discurso oficial era cada vez peor. Al escuchar por primera vez el término “importado” para distinguir entre los venezolanos que tuvieron que regresar de manera forzada de la misma forma en la que huyeron de su país, sabía que todo estaría mal. No solo por el virus y su propagación, sino por la gente, en las zonas populares, en los barrios. Aunque nunca pensé que en mi propia comunidad pasaría. Tenía la esperanza viva todos los días.  

Al indagar, investigar e intercambiar experiencias con quienes me rodean, quienes están en otras partes del mundo y personas expertas en temas de discriminación y estigmatización noté que se profundizaba el abordaje de términos que criminalizan. Escuchar en cadena de radio y televisión la palabra “pesquisa” para hablar de aplicación de pruebas de despistaje del virus en algunas comunidades, empresas y organismos me señaló que todo tenía una finalidad. La de hacer silencio, que todo fuera un secreto a voces. 

Ciertamente las tres M se deben transformar en nuestro mantra: Llevar la Mascarilla, Mantener la distancia y lavarnos las Manos con frecuencia. Pero sin duda, debemos incluir a estas reglas de oro tener mucho cuidado en discriminar. Las palabras hieren, duelen, hacen mucho daño, nos paralizan y silenciamos lo que se debe decir.

 Las cifras se desconocen y se silencian porque hasta el momento no sabemos si mi vecino está contado entre los fallecidos. Yo sigo insistiendo con todos que con las prevenciones correctas se puede demostrar solidaridad a los familiares de quienes se van con el virus, a quienes decidieron regresar o simplemente ante la humanidad que vive con miedo y que necesita saber que esto es verdad, pero que se puede superar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *