Durante la pandemia aumentó la producción de alimentos, pero también el hambre

Fuente: Mundo.sputniknews

Contrario a lo que el sentido común supone, la contracción financiera producto de la cuarentena mundial no detuvo el crecimiento de las grandes transnacionales de alimentos. Al día de hoy hay mayor producción de alimentos. Sin embargo, el hambre también crece, causando la muerte de 8 millones de personas al año, la mayoría de ellos niños y niñas.


La pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto, nuevamente, los hilos que sustentan el orden económico planetario. Uno que juega con la escasez para ejercer dominio sobre los seres humanos y sus territorios.

Los últimos datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, existen más de 687 millones de personas con hambre, en desnutrición, y más de 2.000 millones en inseguridad moderada o grave; mientras que se ha estimado que cada año mueren más de ocho millones de personas de hambre en el mundo o por causas relacionadas a esta y, de ellas, según Unicef, entre 2,8 y 3,2 millones, son niños. Esto en un año.

Los alimentos y la geopolítica

Clara Sánchez, ingeniera agrónoma y estudiosa de la geopolítica mundial, sostuvo en exclusiva para Sputnik que la geopolítica de los alimentos existe y campea poniendo en riesgo la vida de los seres humanos.

Los alimentos están estrechamente relacionados con los recursos naturales y, por ende, con la competencia mundial por estos, que incluyen, por ejemplo, los hidrocarburos, la tierra, el agua, la biodiversidad; pero también se relacionan con otros factores, como la geografía, el territorio, la ciencia y la tecnología, la población, incluso, el poder militar», apunta Sánchez.

La creadora del blog Alimentos y Poder expone ideas fundamentales para los países que, como Venezuela, más que estar bloqueados, están insertos en el esquema de poder de las transnacionales, cumpliendo un rol y manteniéndose en los límites de un modelo económico dependiente y periférico.

«Por encima del hambre y de la COVID-19, lo más peligroso para la humanidad es el actual sistema capitalista, la forma de depredación actual del planeta, que está poniendo en juego la continuidad de la especie humana, pero que es importante que también se diga, no todos los países ni los pueblos del mundo colaboran en este desastre. Son los actores más poderosos, los más consumidores, los más explotadores, que necesitan mantener su statu quo en el sistema internacional, en otras palabras mantener el poder», opina.

Para la investigadora, con el coronavirus se puso de manifiesto una crisis de carácter civilizatoria, que muchos intelectuales consideran de tendencias catastróficas, porque va más allá de una crisis sanitaria, económica, política.

«Desde que se comenzó a medir el hambre en los años 90, se dijo en alguna oportunidad que esta había disminuido en un 40%, pero realmente ha seguido en aumento. Tanto que se discute mucho sobre si los sistemas agroalimentarios a nivel mundial se afectaron o no, si fueron o no resilientes en este primer año de pandemia. Sin embargo, lo que no tiene discusión ni debate ni especulación, como ya he dicho, es que el hambre en el mundo siguió en aumento», puntualiza.

Según los cálculos de Sánchez, se estima que el hambre volverá a crecer de 687 millones a más de 820 millones de personas en el 2030. Con la pandemia, solo el primer año pueden ser entre 83 y 132 millones adicionales. «En resumen, no habrá hambre cero en el 2030 y ese es uno de los objetivos de la agenda para ese año», señala.

«Los más vulnerables, los pobres, son y serán los más afectados y los pueblos y los países, como sucede con las vacunas, será igual. Es una cuestión de poder, los más poderosos juegan su papel nuevamente en la geopolítica mundial, de la que no escapa el tema de las vacunas. Tan sencillo como eso. Con sus excepciones, con países y gobiernos, cuyo modelo de atención a su población es prioridad y se ha hecho un esfuerzo, superior para que la pandemia no haga mayores estragos», destaca.

Sánchez asegura que América Latina sigue siendo «la mina para la producción de productos básicos alimentarios», en especial el trigo, arroz, maíz y soya. Además, lista una serie de características que dan cuenta de cómo en la región continúan prácticas nocivas como el acaparamiento de tierras y el registro de pesticidas y herbicidas altamente peligrosos en América Latina.

«Los mismos que no son usados en Europa y nos venden a nosotros», afirma.

«El año pasado fue escenario de nuevos transgénicos, ejemplo el trigo HB4, de Argentina, el primer evento para comercializar en el mundo, altamente cuestionado, que ha generado un gran debate por considerarse una amenaza a la biodiversidad. Como ya dije también forma parte de la competencia mundial por los recursos y que aún espera porque Brasil dé su aprobación para comercializarlo, ya que es el mayor comprador del trigo argentino», sostiene.

Venezuela, en la geopolítica de los alimentos

Con la declaración de Venezuela como amenaza inusual y extraordinaria, por parte de la Administración Obama y el comienzo de la estrategia de presión vía sanciones económicas, Clara Sánchez comenzó una investigación sobre todo el sistema agroalimentario del país y cómo son usados los alimentos por parte de Estados Unidos para provocar cambios de régimen.

Según Sánchez, desde la Colonia, «cuando privaba el poder de los conquistadores y la forma de relacionarnos con España, Inglaterra y EEUU, se inicia con el cacao y el café una etapa que define el carácter dependiente de Venezuela y que, posteriormente, se asocia a la renta petrolera».

«Pero también (la producción de alimentos) se desarrolló bajo la influencia del Tratado de Reciprocidad Comercial con EEUU desde 1939; la Ley de Desarrollo y Asistencia del Comercio Agrícola LP-480 de 1954, la cual fue parte de la Doctrina Truman del país norteamericano para la contención del Comunismo después de la II Guerra Mundial. Incluso, la Reforma Agraria aplicada en los años 60, también fue en respuesta a la solicitud de EEUU, como medida para contener la influencia de la Revolución cubana, en ese entonces», apunta.

De acuerdo con la investigadora, la llamada Revolución Verde también podría ser considerada desde la geopolítica, destinada en especial a los países en desarrollo para usar el «poder de los alimentos» en el planeta por parte de Estados Unidos. «Una manera adicional de proyectar su poder mundial, asociado a la matriz de energía hidrocarburífera», opina.

Todos estos mecanismos han originado lo que a juicio de la investigadora es el «ciclo de la privatización, desnacionalización, oligopolización, y transnacionalización, que se ha repetido históricamente, por lo menos en la industria alimentaria», y que ha servido para influir en las políticas internas de las naciones.

«Esto hace que nuestro sistema agroalimentario venezolano y el sistema agroalimentario internacional estén estrechamente relacionados. Esto ha incidido negativamente en la configuración dependiente, desde una posición periférica subordinada al poder hegemónico mundial, siendo, por tanto, una vulnerabilidad de carácter estratégico para la seguridad y soberanía agroalimentaria de Venezuela y, por supuesto, para la constitución del poder nacional», asegura Sánchez.

Para esto, la investigadora considera que, en el marco del bloqueo, «debe asumirse otra perspectiva sobre el sistema agroalimentario venezolano, desde un enfoque de la geopolítica mundial y las relaciones de poder, su relación con los recursos naturales, la competencia internacional por los mismos y la conformación de nuestro poder nacional».

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